Antes de que empezaran los incendios en el bosque reunió el búho a todos los animales. Las cacatúas le habían informado sin excesiva discreción que cundía el desaliento y la rabia entre las diversas especies.
La sesión se abrió a las 9:30 pasado meridiano, en segunda citación. Ofreció la palabra el búho y la rinoceronta hizo de secretaria de actas; los animales fueron descargando sus pesares. Pronto le quedó clara al convocante la naturaleza de la desazón: cada cual se quejaba de lo que carecía. El temible león, por citar un ejemplo, afirmó con conocimiento de causa que jamás había logrado nadar bajo el agua, aunque intentos no le faltaron, pero eso era lo de menos, ya que lo que últimamente le quitaba el sueño era constatar que las leonas comenzaban a desobedecerle. Dijo la serpiente que le faltaba fuerza para enroscar un elefante, y dijo el elefante que los ratones lo dejaban en ridículo. La gallina elevó severa protesta por haber nacido con cabeza de pollo y el perro se confesó incómodo ante los versos de Neruda que lo definían como un león desorientado, no sin antes subrayar que no tenía nada personal contra el poeta. El gato declaró que el agua de la lluvia le provocaba sentimientos encontrados y que se le atascaban en la garganta las plumas de los pájaros. La merluza admitió haber soñado noches enteras con la transparencia del aire y el águila insistió en la injusticia de vivir tan arriba del cielo, tan lejos de la comidilla que por las tardes armaban las comadrejas alrededor del brasero. La araña, la mosca y el escorpión expresaron su disgusto frente a la calidad de su veneno o la fragilidad de sus alas; en fin, todo aquel que pudo hablar elevó su reclamo.
Para cerrar la reunión, el búho la ofreció la palabra al cernícalo, quien se las daba de filósofo, y esto dijo:
"Admirado búho, queridas animalas, animalos y animales. Se habrán dado cuenta de que la unanimidad de las protestas vertidas durante esta amable reunión aluden a la imperfección de nuestros esqueletos y a la imperfección del bosque. Nadie está perfectamente hecho, de modo que remediar tal asunto supone una misión titánica, aunque no seré yo el que tiraré para la cola, si llega el momento de afrontar tal desafío..."
Hubo un silencio embarazoso. "Eso no nos deja contentos", murmuró la comadreja, a la que no le daban más los sesos que para ese lamento. "El cernícalo quiere sacar las castañas con la mano del gato", susurró el puercoespín. "Yo tengo un discurso mejor que ese, matemos entre todos al león y se acaba el cuento", tanteó el arrastrado cocodrilo, que al fin sacaba a flote la envidia por el melenudo rey que se incubaba en su alma. "Prudencia y firmeza ante los cantos de sirena, hermanos míos", musitó la paloma, y nadie la escuchó.
El búho reparó en que la asamblea tendría para toda la noche si seguía dando la palabra, mientras sus garras le recordaban que la tarea de cazar entraba a su mejor momento. Le hizo un guiño imperceptible al loro patero, el loro voló al estrado, el búho le cuchicheó, el loro le hizo una reverencia y retornó a su rama.
"El loro me trae una lamentable noticia: ha fallecido el gusano", dijo el búho.
"¡No puede ser! Ayer no más lo vi y estaba sano", protestó el topo.
"Se atragantó con un terrón y estiró la pata, de modo que en señal de duelo se suspende la sesión. Anote, secretaria", le respondió el búho y se echó a volar.
viernes, 31 de enero de 2020
jueves, 23 de enero de 2020
Soliloquio del lobo aletargado
Yo fui antes un lobo aletargado, satisfacción malévola, demonio reciclable, un caballo muerto en el establo.
Pero vivió el hombre una época de histórica sequía. Esto no se trata de árboles ni plantas ni arroyos ni esteros, ni de la utopía de la nube cargada de agua ni de la nube vacía como teta de vieja. Se trata de alimañas.
Sedientas de rencor contra el propósito del Supremo Hacedor, una a una fueron saliendo las fieras de sus escondrijos para devorarse entre ellas.
El hombre se acobardó; quiso esconderse en su refugio y las bestias se tomaron el mundo.
Eso me llevó a atreverme. El cielo estaba rojo, un resplandor iluminó hasta el fondo las paredes de la cueva. Asomé una pata; mi hocico tanteó el aire, la temperatura del ambiente, la humedad.
Corrí furioso, con los ojos inyectados de sangre. Imprudentes enemigos me salían al paso y oliendo el peligro los desairé; corría de frente, insensible ante el poder menguado de mis garras y mis dientes babosos, resollando, casi puro cuero y esqueleto. Al llegar a los pies del monte deposité la víscera. Allí quedó hecha sustancia, palpitando; cuando cayó la noche las luciérnagas le hicieron compañía.
Pero vivió el hombre una época de histórica sequía. Esto no se trata de árboles ni plantas ni arroyos ni esteros, ni de la utopía de la nube cargada de agua ni de la nube vacía como teta de vieja. Se trata de alimañas.
Sedientas de rencor contra el propósito del Supremo Hacedor, una a una fueron saliendo las fieras de sus escondrijos para devorarse entre ellas.
El hombre se acobardó; quiso esconderse en su refugio y las bestias se tomaron el mundo.
Eso me llevó a atreverme. El cielo estaba rojo, un resplandor iluminó hasta el fondo las paredes de la cueva. Asomé una pata; mi hocico tanteó el aire, la temperatura del ambiente, la humedad.
Corrí furioso, con los ojos inyectados de sangre. Imprudentes enemigos me salían al paso y oliendo el peligro los desairé; corría de frente, insensible ante el poder menguado de mis garras y mis dientes babosos, resollando, casi puro cuero y esqueleto. Al llegar a los pies del monte deposité la víscera. Allí quedó hecha sustancia, palpitando; cuando cayó la noche las luciérnagas le hicieron compañía.
domingo, 1 de diciembre de 2019
La flor, ¿quién la recogerá?
Había una flor chiquita. Era una humilde violeta, nacida hacía poco en las tierras de un campo sin dueño. El campo en realidad era de Pedro Galaz, pero Pedro Galaz estaba ocupado de otras cosas y si hemos de transformar este relato en un mero chismorreo, tendremos que acotar en voz bajita que a Pedro Galaz lo que le gustaba era jugar en el casino, de modo que descuidaba sus tierras por apostar su fortuna en la ruleta. Y así fue como el campo destinado a sembradío se transformó en comida para vacas. Y allí, entre medio, nació la flor.
Ay, decía todo el tiempo, quién me recogerá, y se olía ella misma su perfume, que era delicioso.
Las noches a la intemperie la angustiaban. Quedaba paralizada de terror cuando escuchaba a las alimañas arrastrar sus patas cerca de ella, pisándola a veces y otras veces olfateándola para comérsela.
Ay, pensaba, quién me recogerá.
Apareció un día una abeja que succionó su néctar, pero a la flor no le gustó el procedimiento empleado por el insecto y se lo hizo ver con su delicadeza de flor. Pero como las abejas son insistentes, ésta del cuento volaba y volaba hacia ella hasta que un día la violeta cerró sus pétalos y la abeja tuvo que irse, pero quedó rondando, porque le había gustado el néctar.
Ay, pensaba, quién me recogerá.
Al finalizar el verano el viento le trajo una noticia especial. Un hombre de edad había entrado en tratativas con Pedro Galaz para comprarle el campo y el negocio ya estaba a punto de cerrarse cuando el hombre, que se llamaba Ambrosio, decidió echarle una ojeada a las tierras. Hundió en el prado sus gruesas botas, llegó hasta el borde del acantilado -ya que las tierras limitaban con el mar, y eran tierras de clima inclemente, de vientos fríos que traspasaban los huesos- y le comentó a Galaz: “¡Vaya qué alto!”, mientras Galaz lo tomaba del brazo y lo adentraba en sus dominios, porque a él le interesaba vender.
Antes de comprar se fijó en la violeta. Se agachó, la tomó sin arrancarla del suelo y puso su nariz en los pétalos.
-¡Qué flor más hermosa!
-Es sólo una violeta. Firme.
Y Ambrosio firmó. Y se fue, porque tenía otros negocios importantes que resolver.
Ay, quién me recogerá, pensaba la chiquita.
El nuevo dueño volvió al día siguiente y al siguiente y al siguiente. Primero con herramientas, luego con animales y finalmente con otros hombres que se pusieron a trabajar la tierra. Y cada vez que pasaba ante la violeta le decía: ¡Vaya, chiquita, todavía estás aquí!
De tanto verla se encariñó con ella. La bautizó Dudú. Ordenó a su gente que no se sembrara en ese sector y de pronto se sorprendió fabricando un cerco de 30 por 30 centímetros, hecho de ramitas y alambres de púas sobrantes.
-Es para que nadie te dañe, mi chiquita -le dijo.
Pero la violeta no quería eso, porque las tierras ya la estaban hastiando. Lo que ella quería era que alguien la recogiera; tampoco cualquiera, sino alguien especial. Y tal parece que sus sueños Ambrosio no los entendía.
Por esos días hubo en el mundo un cataclismo que obligó a miles de personas a arrojarse a los mares, porque salía fuego de la tierra y era imposible seguir viviendo en esas condiciones. Algunos pudieron izar velas y buscar nuevos continentes, que surgían aquí y allá, como islotes, pero la mayoría se ahogó, lo que no hizo otra cosa que engordar a los monstruos que habitan en las profundidades.
Las tierras de Ambrosio se habían salvado de la hecatombe, pero un día ocurrió lo inevitable: los monstruos salían del mar a buscar más carne humana y en el caso del campo de Ambrosio, un monstruo enorme subió no se cómo por el acantilado hasta posar sus garras en el prado. Justo ese día Ambrosio había puesto a cuatro niñas a cuidar el cerco (¡a cuidarlo de nada, a lo más de insectos y animales!) y las niñas jugaban a la ronda alrededor de la chiquita cuando apareció el monstruo.
-¡Ay, gritaron los peones! -volvió Vicente Loco.
Ellos lo conocían por lo que habían escuchado de sus abuelas y ahora lo conocían por sus propios ojos. Vicente Loco tenía cuerpo de iguana y cara de velatorio, medía unos doce metros y arrastraba la panza mientras echaba un aliento fétido por sus fauces, siempre abiertas. Miraba aquí y allá, buscando víctimas.
-¡Ay, qué será de nosotros! -se lamentaban los peones, que huían.
Pero las niñas, que eran inocentes, seguían cuidando a la flor.
A la dúlce ronda, que caé del cielo, y formáun anillo, moradá sortija, sortijá violeta, queun aníllo forma, y al cieló se va... ronda quéra dulce, violetá que vuela, ronda qué se va, cantaban las niñas, que eran cuatro, y tenían frío.
Vicente Loco se las iba comiendo una por una, sin gritos, sin lamentos, mientras las demás unían sus manos en círculos cada vez más pequeños hasta que una sola, la última, fabricó un anillo en torno a la chiquita, que suspiraba desde el prado:
¡Ay, quién me recogerá!
Y hasta aquí llega el cuento porque sabrán, amigos lectores, que no todos los cuentos tienen final. Algunos sí, otros no. Me han contado de cuentos que tuvieron tres finales. ¡Una vez un cuento tuvo cuatro finales! Me aseguran que en ocasiones los finales mejoran cuando el autor los conversa con el lector. ¿Han conocido alguna vez a un escritor de cuentos? Yo sí conocí una vez a uno y les diré que si puedo generalizar a partir del que conocí, los escritores de cuentos no tienen nada de particular. Y por eso mismo tampoco hay que lamentar que el autor de este cuento no haya escrito final. Después de todo, los mejores finales son los que uno mismo se imagina, ¡y nada es más insoportable que a uno le maten a la heroína o que se la den al que no ha hecho mérito!, que es la moda de los cuentos actuales. Y si el problema que les quita el sueño es saber si Vicente Loco fue quien finalmente se quedó con esa florcita tan hermosa, bueno, yo me comprometo a preguntarle al autor, pero no les aseguro que tenga la respuesta e incluso, se me ocurre ahora, tal vez sea una humilde violeta de campo la que escriba por primera vez en la historia el final de un cuento, al verse acorralada...
Ay, decía todo el tiempo, quién me recogerá, y se olía ella misma su perfume, que era delicioso.
Las noches a la intemperie la angustiaban. Quedaba paralizada de terror cuando escuchaba a las alimañas arrastrar sus patas cerca de ella, pisándola a veces y otras veces olfateándola para comérsela.
Ay, pensaba, quién me recogerá.
Apareció un día una abeja que succionó su néctar, pero a la flor no le gustó el procedimiento empleado por el insecto y se lo hizo ver con su delicadeza de flor. Pero como las abejas son insistentes, ésta del cuento volaba y volaba hacia ella hasta que un día la violeta cerró sus pétalos y la abeja tuvo que irse, pero quedó rondando, porque le había gustado el néctar.
Ay, pensaba, quién me recogerá.
Al finalizar el verano el viento le trajo una noticia especial. Un hombre de edad había entrado en tratativas con Pedro Galaz para comprarle el campo y el negocio ya estaba a punto de cerrarse cuando el hombre, que se llamaba Ambrosio, decidió echarle una ojeada a las tierras. Hundió en el prado sus gruesas botas, llegó hasta el borde del acantilado -ya que las tierras limitaban con el mar, y eran tierras de clima inclemente, de vientos fríos que traspasaban los huesos- y le comentó a Galaz: “¡Vaya qué alto!”, mientras Galaz lo tomaba del brazo y lo adentraba en sus dominios, porque a él le interesaba vender.
Antes de comprar se fijó en la violeta. Se agachó, la tomó sin arrancarla del suelo y puso su nariz en los pétalos.
-¡Qué flor más hermosa!
-Es sólo una violeta. Firme.
Y Ambrosio firmó. Y se fue, porque tenía otros negocios importantes que resolver.
Ay, quién me recogerá, pensaba la chiquita.
El nuevo dueño volvió al día siguiente y al siguiente y al siguiente. Primero con herramientas, luego con animales y finalmente con otros hombres que se pusieron a trabajar la tierra. Y cada vez que pasaba ante la violeta le decía: ¡Vaya, chiquita, todavía estás aquí!
De tanto verla se encariñó con ella. La bautizó Dudú. Ordenó a su gente que no se sembrara en ese sector y de pronto se sorprendió fabricando un cerco de 30 por 30 centímetros, hecho de ramitas y alambres de púas sobrantes.
-Es para que nadie te dañe, mi chiquita -le dijo.
Pero la violeta no quería eso, porque las tierras ya la estaban hastiando. Lo que ella quería era que alguien la recogiera; tampoco cualquiera, sino alguien especial. Y tal parece que sus sueños Ambrosio no los entendía.
Por esos días hubo en el mundo un cataclismo que obligó a miles de personas a arrojarse a los mares, porque salía fuego de la tierra y era imposible seguir viviendo en esas condiciones. Algunos pudieron izar velas y buscar nuevos continentes, que surgían aquí y allá, como islotes, pero la mayoría se ahogó, lo que no hizo otra cosa que engordar a los monstruos que habitan en las profundidades.
Las tierras de Ambrosio se habían salvado de la hecatombe, pero un día ocurrió lo inevitable: los monstruos salían del mar a buscar más carne humana y en el caso del campo de Ambrosio, un monstruo enorme subió no se cómo por el acantilado hasta posar sus garras en el prado. Justo ese día Ambrosio había puesto a cuatro niñas a cuidar el cerco (¡a cuidarlo de nada, a lo más de insectos y animales!) y las niñas jugaban a la ronda alrededor de la chiquita cuando apareció el monstruo.
-¡Ay, gritaron los peones! -volvió Vicente Loco.
Ellos lo conocían por lo que habían escuchado de sus abuelas y ahora lo conocían por sus propios ojos. Vicente Loco tenía cuerpo de iguana y cara de velatorio, medía unos doce metros y arrastraba la panza mientras echaba un aliento fétido por sus fauces, siempre abiertas. Miraba aquí y allá, buscando víctimas.
-¡Ay, qué será de nosotros! -se lamentaban los peones, que huían.
Pero las niñas, que eran inocentes, seguían cuidando a la flor.
A la dúlce ronda, que caé del cielo, y formáun anillo, moradá sortija, sortijá violeta, queun aníllo forma, y al cieló se va... ronda quéra dulce, violetá que vuela, ronda qué se va, cantaban las niñas, que eran cuatro, y tenían frío.
Vicente Loco se las iba comiendo una por una, sin gritos, sin lamentos, mientras las demás unían sus manos en círculos cada vez más pequeños hasta que una sola, la última, fabricó un anillo en torno a la chiquita, que suspiraba desde el prado:
¡Ay, quién me recogerá!
Y hasta aquí llega el cuento porque sabrán, amigos lectores, que no todos los cuentos tienen final. Algunos sí, otros no. Me han contado de cuentos que tuvieron tres finales. ¡Una vez un cuento tuvo cuatro finales! Me aseguran que en ocasiones los finales mejoran cuando el autor los conversa con el lector. ¿Han conocido alguna vez a un escritor de cuentos? Yo sí conocí una vez a uno y les diré que si puedo generalizar a partir del que conocí, los escritores de cuentos no tienen nada de particular. Y por eso mismo tampoco hay que lamentar que el autor de este cuento no haya escrito final. Después de todo, los mejores finales son los que uno mismo se imagina, ¡y nada es más insoportable que a uno le maten a la heroína o que se la den al que no ha hecho mérito!, que es la moda de los cuentos actuales. Y si el problema que les quita el sueño es saber si Vicente Loco fue quien finalmente se quedó con esa florcita tan hermosa, bueno, yo me comprometo a preguntarle al autor, pero no les aseguro que tenga la respuesta e incluso, se me ocurre ahora, tal vez sea una humilde violeta de campo la que escriba por primera vez en la historia el final de un cuento, al verse acorralada...
viernes, 9 de noviembre de 2018
El abrazo del oso
Las hormigas debatían un problema que las había conducido a un túnel sin salida. Acertó pasar un oso, le llamó la atención la trifulca y las invitó a su mesa. Las hormigas se miraron y guardaron silencio. La capataz le dirigió la palabra:
-Excelentísimo señor animal: antes de aceptar su invitación debemos saber quién es usted.
-Soy un oso; me llamo Embeleco.
-¿No es un oso hormiguero? El oso hormiguero se alimenta de nosotras.
-Yo no soy hormiguero, soy un oso Embeleco. Me alimento de truchas y de la miel de las abejas.
-¿Tendría la bondad de demostrárnoslo?
El oso fue al río y cazó dos truchas; enseguida metió las garras por el hueco de un árbol y sacó una palmada de miel.
Las hormigas se sentaron en su mesa. Conversaron largo rato y el oso las despidió de abrazo, una a una. De qué se habló ese día no se sabe, pero al poco tiempo el bosque entero fue llamado a conferencia. Asistieron los canarios, los puercoespines, los conejos y los gatos, también las cacatúas. Los delfines mandaron a un embajador de traje y humita. No faltaron los gusanos ni las hienas y hasta el león se hizo presente, desganado, en calidad de invitado de honor.
Cuando el bosque estuvo lleno ingresó al tablado la procesión de las hormigas. Hubo un clamor general de turbación: se hallaban en los huesos. Superado el desconcierto, la capataz se dirigió a los presentes y les contó, usando un altavoz, que el oso Embeleco les había echado maldición. "El día que nos entregamos a su sabiduría abrimos las arcas; en dos meses subimos de peso y luego enflaquecimos. Hay una escasez supina de comida en los estantes; si las cosas siguen así no pasamos agosto", dijo.
-¿Y la reina? -preguntó el manatí.
-Se lo come todo, está que revienta de gorda; no la pudimos traer por eso.
Habló el sapo:
-Confabulación. Conjura. Componenda. El oso Embeleco está en las mismas. Lo vi con mis propios ojos hará un par de noches. La cueva llegaba a vibrar con sus ronquidos y pataleaba de satisfacción.
Las hormigas regresaron a su nido y lo tapiaron. Lo que pasó adentro es motivo de otra historia, porque esta llegó a su fin.
-Excelentísimo señor animal: antes de aceptar su invitación debemos saber quién es usted.
-Soy un oso; me llamo Embeleco.
-¿No es un oso hormiguero? El oso hormiguero se alimenta de nosotras.
-Yo no soy hormiguero, soy un oso Embeleco. Me alimento de truchas y de la miel de las abejas.
-¿Tendría la bondad de demostrárnoslo?
El oso fue al río y cazó dos truchas; enseguida metió las garras por el hueco de un árbol y sacó una palmada de miel.
Las hormigas se sentaron en su mesa. Conversaron largo rato y el oso las despidió de abrazo, una a una. De qué se habló ese día no se sabe, pero al poco tiempo el bosque entero fue llamado a conferencia. Asistieron los canarios, los puercoespines, los conejos y los gatos, también las cacatúas. Los delfines mandaron a un embajador de traje y humita. No faltaron los gusanos ni las hienas y hasta el león se hizo presente, desganado, en calidad de invitado de honor.
Cuando el bosque estuvo lleno ingresó al tablado la procesión de las hormigas. Hubo un clamor general de turbación: se hallaban en los huesos. Superado el desconcierto, la capataz se dirigió a los presentes y les contó, usando un altavoz, que el oso Embeleco les había echado maldición. "El día que nos entregamos a su sabiduría abrimos las arcas; en dos meses subimos de peso y luego enflaquecimos. Hay una escasez supina de comida en los estantes; si las cosas siguen así no pasamos agosto", dijo.
-¿Y la reina? -preguntó el manatí.
-Se lo come todo, está que revienta de gorda; no la pudimos traer por eso.
Habló el sapo:
-Confabulación. Conjura. Componenda. El oso Embeleco está en las mismas. Lo vi con mis propios ojos hará un par de noches. La cueva llegaba a vibrar con sus ronquidos y pataleaba de satisfacción.
Las hormigas regresaron a su nido y lo tapiaron. Lo que pasó adentro es motivo de otra historia, porque esta llegó a su fin.
domingo, 28 de octubre de 2018
El ratón masoquista y el coro de las luciérnagas
En un bosque descuidado por Dios nació un ratón, uno de tantos de la especie, nada especial. No bien dio su primer agú, mamá ratona y papá ratón lo sacaron en coche por el claro donde se reunían los animales los domingos después de misa, sin un propósito mayor que el de verse las caras. Lo paseaban, desde luego, para que los demás vieran lo lindo que era y cundiera la envidia ante su belleza y sus talentos. Al juicio de imparciales observadores, gran mérito científico no hacía el bebé para justificar dicha certeza, pero mamá ratona y papá ratón se parecían en este capricho a la señora búho, para la cual sus buhitos siempre han sido los más lindos del mundo.
Sabido es que los animales no van a clases, aunque no siempre fue así; ciertas bibliotecas muy antiguas guardan manuscritos que lo prueban. Motivo de otra fábula sería explicar las razones por las que dejaron de asistir, pero en el tiempo de que trata ésta sí iban, baste mi palabra para que lo crean.
De modo que cuando le llegó su momento el ratoncito entró a la escuela, donde demostró ser obediente y estudioso. Esa manera de ser, que lo diferenciaba del resto, activó los resortes de su maestra rata, Juana la solterona, que usaba abrigo y zapatones. La maestra odiaba a las criaturas obedientes y se ensañó con nuestro ratoncito. Durante un recreo lo hizo morder un queso rancio y le pisó la cola; el patio entero estalló en carcajadas mientras Juana la solterona miraba de lejos con ojos de fuego. El ratoncito lloró de humillación, persistió en su llanto y cuando llegó el momento de parar, lo redobló. Desde su oficina, el Director Ratín escuchó los aullidos y se apersonó al patio. Los demás ratoncitos se escabulleron, menos el nuestro, y Juana la rata solterona se deshizo en explicaciones sobre el motivo del llanto, palabras de poca médula que dejaron pensando al Director Ratín.
El ratoncito fue tratado esa mañana como un rey y le gustó. Desde ese día y hasta el día de su muerte decidió ubicarse en esa clasificación inventada por los sabelotodos, aquella que alude a los que gozan con el sufrimiento propio. Con esto doy por terminada la introducción de la fábula; ahora me aboco a hincarle el diente a lo que interesa.
Los años pasaron raudos para el bosque y en vano para el ratón masoquista. Solo él sabía lo que pasaba por su cabeza, y ahora que lo pienso, yo creo que ni él mismo lo sabía muy bien. Su antojo era preocupar al resto evidenciando una sensación de disgusto; así experimentaba un placer frío y agrio que le comía los nervios y le daba un aire de triunfador incompleto. A los demás, sin embargo, no podía afectarles demasiado su postura, ya que debían continuar con sus vidas, de por sí harto pesadas, como todas las vidas. Por muy querido que les fuese, el ratón masoquista era él, no ellos.
Una noche en el bosque, mientras gozaba amargamente uno de sus tantos triunfos, la luz de unas luciérnagas lo hizo levantar la cabeza hacia los árboles.
-Hola, amiguito -lo saludaron- Vamos apuradas.
El ratón masoquista quiso preguntarles adónde iban tan apuradas, pero no le salió la voz. Se quedó mirándolas, mientras las luciérnagas se perdían en el bosque.
De pronto el negro cielo adoptó un tinte azulino debido a un resplandor que entibió el aire, abrió las nubes y dejó al descubierto un enorme volcán, nunca antes visto. Estaba a punto de hacer erupción y era tan alto y vertical que al ratón no le daba opción de huir a sitio alguno, puesto que se hallaba en su base. Dominado por una densa inquietud, observó que el viento soplaba hacia atrás y sintió alivio. Las hojas de los robles fueron perdiendo su brillo azuloso, el cielo volvió a cerrarse, bajó la temperatura y los frondosos árboles retornaron a su oscuridad.
Sabido es que los animales no van a clases, aunque no siempre fue así; ciertas bibliotecas muy antiguas guardan manuscritos que lo prueban. Motivo de otra fábula sería explicar las razones por las que dejaron de asistir, pero en el tiempo de que trata ésta sí iban, baste mi palabra para que lo crean.
De modo que cuando le llegó su momento el ratoncito entró a la escuela, donde demostró ser obediente y estudioso. Esa manera de ser, que lo diferenciaba del resto, activó los resortes de su maestra rata, Juana la solterona, que usaba abrigo y zapatones. La maestra odiaba a las criaturas obedientes y se ensañó con nuestro ratoncito. Durante un recreo lo hizo morder un queso rancio y le pisó la cola; el patio entero estalló en carcajadas mientras Juana la solterona miraba de lejos con ojos de fuego. El ratoncito lloró de humillación, persistió en su llanto y cuando llegó el momento de parar, lo redobló. Desde su oficina, el Director Ratín escuchó los aullidos y se apersonó al patio. Los demás ratoncitos se escabulleron, menos el nuestro, y Juana la rata solterona se deshizo en explicaciones sobre el motivo del llanto, palabras de poca médula que dejaron pensando al Director Ratín.
El ratoncito fue tratado esa mañana como un rey y le gustó. Desde ese día y hasta el día de su muerte decidió ubicarse en esa clasificación inventada por los sabelotodos, aquella que alude a los que gozan con el sufrimiento propio. Con esto doy por terminada la introducción de la fábula; ahora me aboco a hincarle el diente a lo que interesa.
Los años pasaron raudos para el bosque y en vano para el ratón masoquista. Solo él sabía lo que pasaba por su cabeza, y ahora que lo pienso, yo creo que ni él mismo lo sabía muy bien. Su antojo era preocupar al resto evidenciando una sensación de disgusto; así experimentaba un placer frío y agrio que le comía los nervios y le daba un aire de triunfador incompleto. A los demás, sin embargo, no podía afectarles demasiado su postura, ya que debían continuar con sus vidas, de por sí harto pesadas, como todas las vidas. Por muy querido que les fuese, el ratón masoquista era él, no ellos.
Una noche en el bosque, mientras gozaba amargamente uno de sus tantos triunfos, la luz de unas luciérnagas lo hizo levantar la cabeza hacia los árboles.
-Hola, amiguito -lo saludaron- Vamos apuradas.
El ratón masoquista quiso preguntarles adónde iban tan apuradas, pero no le salió la voz. Se quedó mirándolas, mientras las luciérnagas se perdían en el bosque.
De pronto el negro cielo adoptó un tinte azulino debido a un resplandor que entibió el aire, abrió las nubes y dejó al descubierto un enorme volcán, nunca antes visto. Estaba a punto de hacer erupción y era tan alto y vertical que al ratón no le daba opción de huir a sitio alguno, puesto que se hallaba en su base. Dominado por una densa inquietud, observó que el viento soplaba hacia atrás y sintió alivio. Las hojas de los robles fueron perdiendo su brillo azuloso, el cielo volvió a cerrarse, bajó la temperatura y los frondosos árboles retornaron a su oscuridad.
viernes, 12 de octubre de 2018
Gastón la araña
Cuando aún no se había inventado el hilo negro, cuentan los grandes sabios que existió sobre la faz de la tierra un antecesor de las arañas que con el tiempo se extinguió. ¿Por qué desapareció? Nadie lo sabe, pero andan corriendo sospechas sobre el caso, o hipótesis, como gustan de llamar los científicos, que más adelante complementarán la sustancia de esta fábula.
La araña, que era más pequeña que las actuales; tal vez más grande, o sea, de tamaño normal, anidaba en las hendiduras de las ramas frondosas de los árboles, de modo que, salvo unos pocos minutos en el día, su casa gozaba, o sufría, de la más profunda sombra. Su cobijo tenía la ventaja de evitar el calor, que era ardiente en los veranos, y el defecto de padecer el frío que caracterizaba a los inviernos.
Sus patas tejían un hilo tosco, que por lo mismo brillaba y atraía en aquellos raros momentos en que el sol lograba acceder a sus dominios, que por lo demás eran bastante insignificantes; hete aquí entonces la principal sospecha, o hipótesis, acerca de su desaparición.
Desde luego, era una araña muda. A lo más, cuando caía una presa en su red, emitía un chillido similar al de una laucha al nacer, cuando busca desesperadamente la leche de la madre. Un chillido agudo y quebradizo, como de triunfo en la agonía.
Puede que hoy se considere de mal gusto describir la fauna por su apariencia. Arriesgándome a las críticas diré que la araña, que se llamaba Gastón y era la última o penúltima de su especie, a lo más la antepenúltima, lucía un bigotillo recortado, lentes para la presbicia y en sus horas libres acostumbraba a calzar pantuflas y vestir una bata de flores verdes sobre fondo violeta que combinaba con un pañuelo de seda, todo lo cual le concedía un aire lejano a Leo Marini.
Antes de que esta manía, o tendencia, o pertinacia del fabulador que lo induce a irse por las ramas, ensuciando de paso la historia y sumergiéndola en un pozo de ambigüedad, o indefinición, digo que antes de que esta manía arruine la trama, si es que ya no la malhirió, me apresuro a contar que Gastón la araña se enfrascó en un proyecto de tela que dio que hablar en el bosque. Consistió en un tejido gigantesco de múltiples colores, cada hebra del color de una de sus patas, que todas eran diferentes y abarcaban la escala entera del arcoíris. Como las tonalidades se repetían una y otra vez, el resultado se resumía en una tela chabacana y poco práctica. Los insectos la adivinaban de lejos y pasaban cerca de ella, solo para mirarla. La tela competía con las flores, pero con las flores nadie puede ganar una competencia. De modo que llegaban, miraban y se iban, agitando las alas en busca de un mejor panorama para disfrutar la tarde.
No me atrevería a afirmar que ningún ejemplar cayó en la tela porque no sería cierto. Si alguien lo ha interpretado así le ofrezco mis disculpas, pues se equivoca medio a medio. Quiero decir que a medida que pasaba el tiempo unos pocos seres voladores se pegaban a la red, de tal manera que conformaban, vistos de lejos, puntos oscuros repulsivos que agitaban la tela como los locos que se montan en los barrotes de la cárcel o los niños que se suben a las rejas protectoras de las puertas. Los más se desprendían al cabo de un rato; pero los menos, superado el momento del frenesí convulsivo, se quedaban sin oponer gran resistencia, como fumadores de opio. Así, la escena era esta: un bosque espeso, una telaraña multicolor, unos puntitos oscuros parpadeando desde el centro y Gastón la araña en un rincón, emitiendo chillidos de laucha.
La araña no era de comer, y esa es la mejor hipótesis, o sospecha, de su extinción. Era de atrapar, o coleccionar, una de dos, en todo caso lo suyo era poseer, dominar. Una vez que el espíritu atraído caía en su tela, Gastón lo visitaba, lo estudiaba, lo incorporaba a su riguroso catálogo que incluía especie, sexo, edad, religión, nivel cultural, y luego lo dejaba, o la dejaba, allí, agitándose como loco de cárcel o niño de protección de puerta.
Pasó el tiempo. Mientras los demás gozaban, se arriesgaban y hasta se inmolaban por alguna causa injusta, Gastón la araña vivía de su oficio y de la disección metafórica de sus presas.
Al morir dejó un legado de puntos contados con los dedos de siete manos sobre una tela que lo sobrevivió años, tantos que quienes han visitado alguna vez ese bosque aseguran que la tela aún brilla entre la espesura, poblada de puntos oscuros que se han ido multiplicando y que están creando una mezcla muy rara de colores y negruras, parecida a la paleta de un pintor o a la sangre coagulada de un muerto sobre la baldosa.
La araña, que era más pequeña que las actuales; tal vez más grande, o sea, de tamaño normal, anidaba en las hendiduras de las ramas frondosas de los árboles, de modo que, salvo unos pocos minutos en el día, su casa gozaba, o sufría, de la más profunda sombra. Su cobijo tenía la ventaja de evitar el calor, que era ardiente en los veranos, y el defecto de padecer el frío que caracterizaba a los inviernos.
Sus patas tejían un hilo tosco, que por lo mismo brillaba y atraía en aquellos raros momentos en que el sol lograba acceder a sus dominios, que por lo demás eran bastante insignificantes; hete aquí entonces la principal sospecha, o hipótesis, acerca de su desaparición.
Desde luego, era una araña muda. A lo más, cuando caía una presa en su red, emitía un chillido similar al de una laucha al nacer, cuando busca desesperadamente la leche de la madre. Un chillido agudo y quebradizo, como de triunfo en la agonía.
Puede que hoy se considere de mal gusto describir la fauna por su apariencia. Arriesgándome a las críticas diré que la araña, que se llamaba Gastón y era la última o penúltima de su especie, a lo más la antepenúltima, lucía un bigotillo recortado, lentes para la presbicia y en sus horas libres acostumbraba a calzar pantuflas y vestir una bata de flores verdes sobre fondo violeta que combinaba con un pañuelo de seda, todo lo cual le concedía un aire lejano a Leo Marini.
Antes de que esta manía, o tendencia, o pertinacia del fabulador que lo induce a irse por las ramas, ensuciando de paso la historia y sumergiéndola en un pozo de ambigüedad, o indefinición, digo que antes de que esta manía arruine la trama, si es que ya no la malhirió, me apresuro a contar que Gastón la araña se enfrascó en un proyecto de tela que dio que hablar en el bosque. Consistió en un tejido gigantesco de múltiples colores, cada hebra del color de una de sus patas, que todas eran diferentes y abarcaban la escala entera del arcoíris. Como las tonalidades se repetían una y otra vez, el resultado se resumía en una tela chabacana y poco práctica. Los insectos la adivinaban de lejos y pasaban cerca de ella, solo para mirarla. La tela competía con las flores, pero con las flores nadie puede ganar una competencia. De modo que llegaban, miraban y se iban, agitando las alas en busca de un mejor panorama para disfrutar la tarde.
No me atrevería a afirmar que ningún ejemplar cayó en la tela porque no sería cierto. Si alguien lo ha interpretado así le ofrezco mis disculpas, pues se equivoca medio a medio. Quiero decir que a medida que pasaba el tiempo unos pocos seres voladores se pegaban a la red, de tal manera que conformaban, vistos de lejos, puntos oscuros repulsivos que agitaban la tela como los locos que se montan en los barrotes de la cárcel o los niños que se suben a las rejas protectoras de las puertas. Los más se desprendían al cabo de un rato; pero los menos, superado el momento del frenesí convulsivo, se quedaban sin oponer gran resistencia, como fumadores de opio. Así, la escena era esta: un bosque espeso, una telaraña multicolor, unos puntitos oscuros parpadeando desde el centro y Gastón la araña en un rincón, emitiendo chillidos de laucha.
La araña no era de comer, y esa es la mejor hipótesis, o sospecha, de su extinción. Era de atrapar, o coleccionar, una de dos, en todo caso lo suyo era poseer, dominar. Una vez que el espíritu atraído caía en su tela, Gastón lo visitaba, lo estudiaba, lo incorporaba a su riguroso catálogo que incluía especie, sexo, edad, religión, nivel cultural, y luego lo dejaba, o la dejaba, allí, agitándose como loco de cárcel o niño de protección de puerta.
Pasó el tiempo. Mientras los demás gozaban, se arriesgaban y hasta se inmolaban por alguna causa injusta, Gastón la araña vivía de su oficio y de la disección metafórica de sus presas.
Al morir dejó un legado de puntos contados con los dedos de siete manos sobre una tela que lo sobrevivió años, tantos que quienes han visitado alguna vez ese bosque aseguran que la tela aún brilla entre la espesura, poblada de puntos oscuros que se han ido multiplicando y que están creando una mezcla muy rara de colores y negruras, parecida a la paleta de un pintor o a la sangre coagulada de un muerto sobre la baldosa.
martes, 10 de julio de 2018
La leyenda del rey Ramiro
Hace ochocientos años hubo un rey llamado Ramiro; textos de la profunda Edad Media lo corroboran. Era dueño de una mujer a la que tomó por esposa cuando ella recién entraba a tierna edad. Transcurrido poco tiempo la joven tornó cana. Los aldeanos atribuyeron el mal a sus tormentos y no parecían tan lejanas dichas presunciones: todo el mundo comentaba que el desprecio de Ramiro hacia la reina crecía a la misma velocidad que blanqueaba su cabello.
Cuando llegó al castillo la niña lucía unas trenzas que semejaban hilos de oro y constituían la alegría y el orgullo del reino; antes de que el pueblo la viera huir como una vieja siete meses pasaron. Fue una madrugada en que la neblina afligía el alma, la reina ni caballo poseía, se fugaba por sus propios pies, andrajosa, la peor de las aldeanas con la semilla real en su vientre abultado. Era invierno, no buscó refugio y nadie la acogió. Al atardecer fue presa de los lobos y sus restos quedaron esparcidos en la nieve.
El rey Ramiro, que murió años después, venerado por un pueblo expandido miles de hectáreas hacia el norte gracias a sus guerras de conquista, vivió ese día un día de locura que con nadie compartió. Desde la torre fue testigo de la huida de su mujer, incitada por él mismo. Armado hasta los dientes, no dijo una palabra mientras la reina caminaba sobre el barro a pie pelado, arrastrándose casi con un esfuerzo sobrehumano, acezando, su pecho latiendo con frenesí. Hilachas argentadas le colgaban de la nuca. Todo el tiempo la apuntó con el arco tensado y la flecha entre los dedos, hasta que desapareció en una curva.
Poco antes de morir, el rey Ramiro se reunió a solas con el Papa. Le confesó sus pecados, jamás se supo cuáles, y los purgó donando un barril de monedas de oro a la Iglesia: había limpiado su alma, ahora el Cielo lo esperaba. Cabalgó sin compañía tres jornadas, paró en las mejores posadas siempre anónimo; entró de noche a las inmediaciones de su reino, purificado, una noche de invierno.
Los campesinos hallaron sus restos de casualidad entre unas matas. De sus ojos solo quedaban las cuencas y de su vientre, ni las tripas. Jamás se halló al autor de tal carnicería; los villanos aseguraron haber visto un lobo blanco que rondaba en las cercanías con el hocico sangriento; a falta de mayores pruebas la historia se transformó en leyenda.
Cuando llegó al castillo la niña lucía unas trenzas que semejaban hilos de oro y constituían la alegría y el orgullo del reino; antes de que el pueblo la viera huir como una vieja siete meses pasaron. Fue una madrugada en que la neblina afligía el alma, la reina ni caballo poseía, se fugaba por sus propios pies, andrajosa, la peor de las aldeanas con la semilla real en su vientre abultado. Era invierno, no buscó refugio y nadie la acogió. Al atardecer fue presa de los lobos y sus restos quedaron esparcidos en la nieve.
El rey Ramiro, que murió años después, venerado por un pueblo expandido miles de hectáreas hacia el norte gracias a sus guerras de conquista, vivió ese día un día de locura que con nadie compartió. Desde la torre fue testigo de la huida de su mujer, incitada por él mismo. Armado hasta los dientes, no dijo una palabra mientras la reina caminaba sobre el barro a pie pelado, arrastrándose casi con un esfuerzo sobrehumano, acezando, su pecho latiendo con frenesí. Hilachas argentadas le colgaban de la nuca. Todo el tiempo la apuntó con el arco tensado y la flecha entre los dedos, hasta que desapareció en una curva.
Poco antes de morir, el rey Ramiro se reunió a solas con el Papa. Le confesó sus pecados, jamás se supo cuáles, y los purgó donando un barril de monedas de oro a la Iglesia: había limpiado su alma, ahora el Cielo lo esperaba. Cabalgó sin compañía tres jornadas, paró en las mejores posadas siempre anónimo; entró de noche a las inmediaciones de su reino, purificado, una noche de invierno.
Los campesinos hallaron sus restos de casualidad entre unas matas. De sus ojos solo quedaban las cuencas y de su vientre, ni las tripas. Jamás se halló al autor de tal carnicería; los villanos aseguraron haber visto un lobo blanco que rondaba en las cercanías con el hocico sangriento; a falta de mayores pruebas la historia se transformó en leyenda.
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