lunes, 19 de julio de 2021

La cosa que comía fuego

Tres académicos de profesión inventaron una máquina orgánica que comía fuego, ocurrencia que les valió la nominación al máximo de los galardones, el Premio Nobel. 
Pero la cosa orgánica crecía y crecía y había que alimentarla de fuego. Doquiera que hubiese fuego, allí estaba el engendro dinámico y detrás de él, los virtuosos eruditos.
Llegó el momento en que el fuego se acabó. La cosa orgánica se fue achicando y pronto ya no fue más que un despojo en el rincón de una plaza. Ni siquiera servía para jugar a la pelota.
Presionados por una pequeña masa enfurecida, los ilustres catedráticos hubieron de ceder sus puestos a la joven guardia, representada por tres doctoras en filosofía. Ocurrióseles a las aprendices de genio emitir un edicto que ordenaba levantar toda piedra que se hallase a la vista en el país. Así ocurrió que sin otro juicio que el de su mandamiento fueron cazados y colgados en la plaza pública una legión de cobardes que sobrevivían escondidos; a saber, acosadores, machistas, perseguidores de negros, homófobos, economistas de la vieja escuela. Todos fueron a dar a una apretada fosa común.
Meses después surgió de la sepultura un abanico de fuegos fatuos que confundió a los tres académicos de profesión, a las tres doctoras en filosofía y a la masa intranquila. Nadie supo decir si había que votar a favor o en contra de ese fenómeno.

jueves, 8 de abril de 2021

El camaleón y la libélula

La selva llamó a un concurso de poesía. A la final llegaron dos: la libélula y el camaleón. Integraron el jurado el elefante, la mariposa, el búho, la cigarra y el mosquito. El león maldijo el evento, lo llamó "reunión de mariquitas" y se fue de vacaciones a la playa.
Declamados los poemas, la selva aplaudió al viejo camaleón con cortesía y cayó rendida ante los versos de la grácil folelé. El jurado se retiró a deliberar a la guarida de los lobos, que por esos días, agazapados en lo más alto de la nieve de los montes, huían de la peste que azotaba a la región. 
Lo primero que tuvieron en cuenta los miembros del jurado fue la edad de los finalistas y lo segundo, la calidad de su trabajo. Dijo el mosquito que el ganador debía ser sin duda alguna la grácil folelé, por su innovadora poesía. Seleccionó de su lírica estos versos para convencer al resto: 
Dos más dos son cuatro
Cuatro y dos son seis
Seis y dos son ocho
Y ocho dieciséis
Sin restarle crédito al poema, el elefante argumentó que el meollo del asunto, la verdadera disyuntiva, consistía en dirimir si la juventud de la grácil folelé le aseguraba futuros esplendores y la vejez del camaleón lo condenaba al rincón de la memoria. Observando el poder de la experiencia aludió al canto del cisne y a los resplandecientes atardeceres del otoño, lo que halló resistencia en la mariposa y la cigarra, fanáticas del trillado carpe diem. El búho, que tendía a inclinarse a favor del camaleón, citó estos versos del finalista del concurso:
El siete es un sereno con gorro y con bastón
El ocho son las gafas que usa don Simón
El nueve es un globito que pende de un hilito
El diez es un soldado que lleva un gran melón
Tras cuatro días de áspero debate emergió el jurado de la guarida de los lobos y dio a conocer su decisión. La ganadora era la grácil folelé.
La selva gritaba de entusiasmo, pero al momento de subir a la tarima llegó solo el camaleón, dispuesto a recibir el premio de consuelo. El búho, que no por nada ha tenido siempre fama de sagaz, lo increpó:
-¡Saca la lengua, infeliz!
Avergonzado de su impúdica conducta, el camaleón desenrolló su órgano muscular, donde yacía la grácil folelé. 

 

sábado, 9 de mayo de 2020

El nimbo y las cuatro nubes

Una nube corría a paso lento; tenía su gracia, pero la verdad es que pasaba inadvertida. A medio andar se separó en cuatro, conservando siempre su tamaño. Las tres nubes que iban detrás de ella no tardaron en igualarla y hasta en superarla, ganándose las cuatro a fuerza de trabajo un discreto sitio en un costado de la bóveda celeste.
Emergió del sur un arquetipo de la raza que se adueñó del cielo. Sus formas majestuosas y cambiantes provocaron admiración y envidia y pronto no hubo nube que no hablara sino de él. El nimbo aterrador y bello probó el néctar de la dulzura que resultó de opacar a todo lo demás; supo lo que se sentía cuando le iban abriendo el firmamento, conoció el éxito emanado de su esencia y gozó la alegría de verter su alma. Tanto bien le robó sus sueños, los mismos que cuidaban con candor las cuatro nubes, que no eran más que eso, una mezcla de vapores y delirios; en un momento el nimbo descargó su furia y durante cuarenta días y cuarenta noches arrojó a la tierra lluvia, truenos, rayos y relámpagos.
Cuando se hizo nada dejó en las demás nubes su recuerdo de tormentas.

lunes, 10 de febrero de 2020

La hormiga Edelia, su hermana Juanita y el niño

Edelia era una hormiguita hacendosa; desde niña trabajaba sin chistar y aprendía de los mayores. Su hermana chica se llamaba Juanita y salió antojadiza y remolona, sin que ello significara un calvario para la colonia, pues su carácter se equilibraba con creces gracias a su vivacidad y simpatía. De todos modos sus avatares eran para Edelia una carga doble, pues debía acompañarla siempre a todas partes; así se lo habían ordenado.
Una mañana calurosa de verano las pilló a las dos recolectando miguitas. Edelia se echó una grandota en la espalda y regresó al hormiguero; en el camino Juanita intentaba botársela para darse un banquetazo allí mismo. En el tira y afloja Edelia percibió una luz inusual. Miró al cielo y vio algo increíble: el ojo gigante de un niño a través de un cristal. Al momento sintió un calor insoportable. ¡Corre, Juanita!, le gritó a su hermana, pero ya era tarde.
El brillo del sol, aumentado por la lupa que manejaba el niño, las hizo humo en un segundo.

viernes, 31 de enero de 2020

El circo de los animales filosofa sobre la imperfección del reino

Antes de que empezaran los incendios en el bosque reunió el búho a todos los animales. Las cacatúas le habían informado sin excesiva discreción que cundía el desaliento y la rabia entre las diversas especies.
La sesión se abrió a las 9:30 pasado meridiano, en segunda citación. Ofreció la palabra el búho y la rinoceronta hizo de secretaria de actas; los animales fueron descargando sus pesares. Pronto le quedó clara al convocante la naturaleza de la desazón: cada cual se quejaba de lo que carecía. El temible león, por citar un ejemplo, afirmó con conocimiento de causa que jamás había logrado nadar bajo el agua, aunque intentos no le faltaron, pero eso era lo de menos, ya que lo que últimamente le quitaba el sueño era constatar que las leonas comenzaban a desobedecerle. Dijo la serpiente que le faltaba fuerza para enroscar un elefante, y dijo el elefante que los ratones lo dejaban en ridículo. La gallina elevó severa protesta por haber nacido con cabeza de pollo y el perro se confesó incómodo ante los versos de Neruda que lo definían como un león desorientado, no sin antes subrayar que no tenía nada personal contra el poeta. El gato declaró que el agua de la lluvia le provocaba sentimientos encontrados y que se le atascaban en la garganta las plumas de los pájaros. La merluza admitió haber soñado noches enteras con la transparencia del aire y el águila insistió en la injusticia de vivir tan arriba del cielo, tan lejos de la comidilla que por las tardes armaban las comadrejas alrededor del brasero. La araña, la mosca y el escorpión expresaron su disgusto frente a la calidad de su veneno o la fragilidad de sus alas; en fin, todo aquel que pudo hablar elevó su reclamo. 
Para cerrar la reunión, el búho la ofreció la palabra al cernícalo, quien se las daba de filósofo, y esto dijo:
"Admirado búho, queridas animalas, animalos y animales. Se habrán dado cuenta de que la unanimidad de las protestas vertidas durante esta amable reunión aluden a la imperfección de nuestros esqueletos y a la imperfección del bosque. Nadie está perfectamente hecho, de modo que remediar tal asunto supone una misión titánica, aunque no seré yo el que tiraré para la cola, si llega el momento de afrontar tal desafío..."
Hubo un silencio embarazoso. "Eso no nos deja contentos", murmuró la comadreja, a la que no le daban más los sesos que para ese lamento. "El cernícalo quiere sacar las castañas con la mano del gato", susurró el puercoespín. "Yo tengo un discurso mejor que ese, matemos entre todos al león y se acaba el cuento", tanteó el arrastrado cocodrilo, que al fin sacaba a flote la envidia por el melenudo rey que se incubaba en su alma. "Prudencia y firmeza ante los cantos de sirena, hermanos míos", musitó la paloma, y nadie la escuchó.    
El búho reparó en que la asamblea tendría para toda la noche si seguía dando la palabra, mientras sus garras le recordaban que la tarea de cazar entraba a su mejor momento. Le hizo un guiño imperceptible al loro patero, el loro voló al estrado, el búho le cuchicheó, el loro le hizo una reverencia y retornó a su rama.
"El loro me trae una lamentable noticia: ha fallecido el gusano", dijo el búho.
"¡No puede ser! Ayer no más lo vi y estaba sano", protestó el topo.
"Se atragantó con un terrón y estiró la pata, de modo que en señal de duelo se suspende la sesión. Anote, secretaria", le respondió el búho y se echó a volar.

jueves, 23 de enero de 2020

Soliloquio del lobo aletargado

Yo fui antes un lobo aletargado, satisfacción malévola, demonio reciclable, un caballo muerto en el establo.
Pero vivió el hombre una época de histórica sequía. Esto no se trata de árboles ni plantas ni arroyos ni esteros, ni de la utopía de la nube cargada de agua ni de la nube vacía como teta de vieja. Se trata de alimañas.
Sedientas de rencor contra el propósito del Supremo Hacedor, una a una fueron saliendo las fieras de sus escondrijos para devorarse entre ellas.
El hombre se acobardó; quiso esconderse en su refugio y las bestias se tomaron el mundo.
Eso me llevó a atreverme. El cielo estaba rojo, un resplandor iluminó hasta el fondo las paredes de la cueva. Asomé una pata; mi hocico tanteó el aire, la temperatura del ambiente, la humedad.
Corrí furioso, con los ojos inyectados de sangre. Imprudentes enemigos me salían al paso y oliendo el peligro los desairé; corría de frente, insensible ante el poder menguado de mis garras y mis dientes babosos, resollando, casi puro cuero y esqueleto. Al llegar a los pies del monte deposité la víscera. Allí quedó hecha sustancia, palpitando; cuando cayó la noche las luciérnagas le hicieron compañía.

domingo, 1 de diciembre de 2019

La flor, ¿quién la recogerá?

Había una flor chiquita. Era una humilde violeta, nacida hacía poco en las tierras de un campo sin dueño. El campo en realidad era de Pedro Galaz, pero Pedro Galaz estaba ocupado de otras cosas y si hemos de transformar este relato en un mero chismorreo, tendremos que acotar en voz bajita que a Pedro Galaz lo que le gustaba era jugar en el casino, de modo que descuidaba sus tierras por apostar su fortuna en la ruleta. Y así fue como el campo destinado a sembradío se transformó en comida para vacas. Y allí, entre medio, nació la flor.
Ay, decía todo el tiempo, quién me recogerá, y se olía ella misma su perfume, que era delicioso.
Las noches a la intemperie la angustiaban. Quedaba paralizada de terror cuando escuchaba a las alimañas arrastrar sus patas cerca de ella, pisándola a veces y otras veces olfateándola para comérsela.
Ay, pensaba, quién me recogerá.
Apareció un día una abeja que succionó su néctar, pero a la flor no le gustó el procedimiento empleado por el insecto y se lo hizo ver con su delicadeza de flor. Pero como las abejas son insistentes, ésta del cuento volaba y volaba hacia ella hasta que un día la violeta cerró sus pétalos y la abeja tuvo que irse, pero quedó rondando, porque le había gustado el néctar.
Ay, pensaba, quién me recogerá.
Al finalizar el verano el viento le trajo una noticia especial. Un hombre de edad había entrado en tratativas con Pedro Galaz para comprarle el campo y el negocio ya estaba a punto de cerrarse cuando el hombre, que se llamaba Ambrosio, decidió echarle una ojeada a las tierras. Hundió en el prado sus gruesas botas, llegó hasta el borde del acantilado -ya que las tierras limitaban con el mar, y eran tierras de clima inclemente, de vientos fríos que traspasaban los huesos- y le comentó a Galaz: “¡Vaya qué alto!”, mientras Galaz lo tomaba del brazo y lo adentraba en sus dominios, porque a él le interesaba vender.
Antes de comprar se fijó en la violeta. Se agachó, la tomó sin arrancarla del suelo y puso su nariz en los pétalos.
-¡Qué flor más hermosa!
-Es sólo una violeta. Firme.
Y Ambrosio firmó. Y se fue, porque tenía otros negocios importantes que resolver.
Ay, quién me recogerá, pensaba la chiquita.
El nuevo dueño volvió al día siguiente y al siguiente y al siguiente. Primero con herramientas, luego con animales y finalmente con otros hombres que se pusieron a trabajar la tierra. Y cada vez que pasaba ante la violeta le decía: ¡Vaya, chiquita, todavía estás aquí!
De tanto verla se encariñó con ella. La bautizó Dudú. Ordenó a su gente que no se sembrara en ese sector y de pronto se sorprendió fabricando un cerco de 30 por 30 centímetros, hecho de ramitas y alambres de púas sobrantes.
-Es para que nadie te dañe, mi chiquita -le dijo.
Pero la violeta no quería eso, porque las tierras ya la estaban hastiando. Lo que ella quería era que alguien la recogiera; tampoco cualquiera, sino alguien especial. Y tal parece que sus sueños Ambrosio no los entendía.
Por esos días hubo en el mundo un cataclismo que obligó a miles de personas a arrojarse a los mares, porque salía fuego de la tierra y era imposible seguir viviendo en esas condiciones. Algunos pudieron izar velas y buscar nuevos continentes, que surgían aquí y allá, como islotes, pero la mayoría se ahogó, lo que no hizo otra cosa que engordar a los monstruos que habitan en las profundidades.
Las tierras de Ambrosio se habían salvado de la hecatombe, pero un día ocurrió lo inevitable: los monstruos salían del mar a buscar más carne humana y en el caso del campo de Ambrosio, un monstruo enorme subió no se cómo por el acantilado hasta posar sus garras en el prado. Justo ese día Ambrosio había puesto a cuatro niñas a cuidar el cerco (¡a cuidarlo de nada, a lo más de insectos y animales!) y las niñas jugaban a la ronda alrededor de la chiquita cuando apareció el monstruo.
-¡Ay, gritaron los peones! -volvió Vicente Loco.
Ellos lo conocían por lo que habían escuchado de sus abuelas y ahora lo conocían por sus propios ojos. Vicente Loco tenía cuerpo de iguana y cara de velatorio, medía unos doce metros y arrastraba la panza mientras echaba un aliento fétido por sus fauces, siempre abiertas. Miraba aquí y allá, buscando víctimas.
-¡Ay, qué será de nosotros! -se lamentaban los peones, que huían.
Pero las niñas, que eran inocentes, seguían cuidando a la flor.
A la dúlce ronda, que caé del cielo, y formáun anillo, moradá sortija, sortijá violeta, queun aníllo forma, y al cieló se va... ronda quéra dulce, violetá que vuela, ronda qué se va, cantaban las niñas, que eran cuatro, y tenían frío.
Vicente Loco se las iba comiendo una por una, sin gritos, sin lamentos, mientras las demás unían sus manos en círculos cada vez más pequeños hasta que una sola, la última, fabricó un anillo en torno a la chiquita, que suspiraba desde el prado:
¡Ay, quién me recogerá!
Y hasta aquí llega el cuento porque sabrán, amigos lectores, que no todos los cuentos tienen final. Algunos sí, otros no. Me han contado de cuentos que tuvieron tres finales. ¡Una vez un cuento tuvo cuatro finales! Me aseguran que en ocasiones los finales mejoran cuando el autor los conversa con el lector. ¿Han conocido alguna vez a un escritor de cuentos? Yo sí conocí una vez a uno y les diré que si puedo generalizar a partir del que conocí, los escritores de cuentos no tienen nada de particular. Y por eso mismo tampoco hay que lamentar que el autor de este cuento no haya escrito final. Después de todo, los mejores finales son los que uno mismo se imagina, ¡y nada es más insoportable que a uno le maten a la heroína o que se la den al que no ha hecho mérito!, que es la moda de los cuentos actuales. Y si el problema que les quita el sueño es saber si Vicente Loco fue quien finalmente se quedó con esa florcita tan hermosa, bueno, yo me comprometo a preguntarle al autor, pero no les aseguro que tenga la respuesta e incluso, se me ocurre ahora, tal vez sea una humilde violeta de campo la que escriba por primera vez en la historia el final de un cuento, al verse acorralada...