Vivían los ratones temiendo al gato en la comarca. Si uno de ellos intentaba traspasar la frontera, de un zarpazo el tirano lo mandaba de vuelta. A veces surgía un bocón que les prometía independencia, pero el gato lo miraba de lejos con sus ojos de gato, sin que se diera cuenta, y se reía de él con su malévola risa de colmillos.
Pudieron haber tomado las de Villadiego cuando la residencia del felino se arruinó. Tanto lujo le pasó la cuenta y empezó a hundirse como la casa de Usher. Luego, por cuidarla tanto descuidó a su reino, que le proveía de vituallas, le pagaba impuestos y lo hacía mantener la ensoñación, pues los gatos, aunque sean animales de fuste, también viven en estado hipnótico.
¿Por qué no lo hicieron? Porque en la asamblea primó la voz de la cordura. Un ratón, de apellido Pérez, detuvo el masivo intento de fuga con estas palabras:
"No huyáis del tirano pobre, hermanos. Más allá está el reino del perro. Quienes han ingresado a sus dominios no han retornado jamás. Insto a que me prueben lo contrario".
Si hubiéranle exigido documento de respaldo a su discurso habríalo inventado, pues no disponía ni siquiera de un papel apócrifo, pero fue tal el miedo que infundió su advertencia que los ratones prefirieron continuar con su diablo conocido. Y el gato, en vez de agradecer, se comió a unos cuantos roedores apenas saneó su hacienda.
jueves, 25 de septiembre de 2008
lunes, 15 de septiembre de 2008
Las ovejas bucólicas y el león enfurecido
Hubo en la selva un grupo de ovejas bucólicas que se organizaron con tal maestría para no depender de nadie, ni de pastor, ni de ovejero alemán, ni de una líder natural, que fueron mandadas a llamar por el león. Acudieron éstas de mala gana, pues no querían ser citadas como ejemplo ni menos salir en las revistas. El león les habló sin anestesia. Exigióles que dieran a conocer su secreto para ser aplicado al reino entero. Las ovejas respondieron a coro:
-Nuestro secreto consiste en cantar una canción tras otra mientras arrancamos el pasto de la tierra. Todas las noches una de nosotras reparte la lista del día siguiente. Al amanecer ya estamos cantando.
-Nunca nadie las ha oído cantar -rebatió el león. Las ovejas respondieron:
-Es que cantamos mentalmente, sin emitir nota alguna.
El león analizaba si la fórmula podía ser aplicada al reino.
-No entiendo qué tiene que ver una cosa con otra -les decía. Las ovejas respondieron:
-Usted nos llamó, nosotras vinimos. Usted nos preguntó, nosotras respondimos.
El león estaba inquieto.
-Me están provocando -amenazaba- ¡Canten!
Las ovejas cantaron. Verlas era un prodigio, todas ellas con la cerviz inclinada buscando algo que comer, muy bien organizadas, creando el universo en un paño de terreno menor que una hectárea. El león adivinó que la fórmula era imposible de aplicar a otros animales que no fueran ésos. Llamó a sus hijos y les ofreció un regalo:
-Son todas suyas -les dijo.
Moraleja: Dígase lo que se diga, el cristianismo se encuentra en retirada.
-Nuestro secreto consiste en cantar una canción tras otra mientras arrancamos el pasto de la tierra. Todas las noches una de nosotras reparte la lista del día siguiente. Al amanecer ya estamos cantando.
-Nunca nadie las ha oído cantar -rebatió el león. Las ovejas respondieron:
-Es que cantamos mentalmente, sin emitir nota alguna.
El león analizaba si la fórmula podía ser aplicada al reino.
-No entiendo qué tiene que ver una cosa con otra -les decía. Las ovejas respondieron:
-Usted nos llamó, nosotras vinimos. Usted nos preguntó, nosotras respondimos.
El león estaba inquieto.
-Me están provocando -amenazaba- ¡Canten!
Las ovejas cantaron. Verlas era un prodigio, todas ellas con la cerviz inclinada buscando algo que comer, muy bien organizadas, creando el universo en un paño de terreno menor que una hectárea. El león adivinó que la fórmula era imposible de aplicar a otros animales que no fueran ésos. Llamó a sus hijos y les ofreció un regalo:
-Son todas suyas -les dijo.
Moraleja: Dígase lo que se diga, el cristianismo se encuentra en retirada.
viernes, 12 de septiembre de 2008
El chorlito, el faisán y el león
Un chorlito acomplejado juntó un dinero y acudió a Faisán el Mago. En la consulta fue directo al grano.
-Muy buenas tardes, Don Faisán -lo saludó-. Vengo a verlo porque me han dicho que usted es muy buen mago.
-¿Y por qué no recurriste a Dios o le hiciste manda a un santo? -lo provocó el ave de colores.
-Es que todos saben que Dios no hace milagros -le respondió, con lo que el mago ya intuyó por dónde iba la cosa. Adivinó de inmediato que el chorlito no era de gran entendimiento y que le iba a pedir un milagro.
-Mi consulta vale 20 mil pesos -le advirtió.
-Aquí están.
-Pues, dime entonces.
El chorlito le expuso la vergüenza que sentía cuando los animales de la selva lo llamaban "cabeza de chorlito" y le pidió que le agrandara la cabeza. El mago hizo tres pases y lo mandó a casa a descansar.
-En una semana tendrás la cabeza del porte de una pelota oficial de la Fifa, le prometió.
Voló muy contento el chorlito a su nido. Dos días después la cabeza le crecía a pasos agigantados y junto a ella el cerebro. Al principio se asustó, pero luego le tomó el gustito al cambio. El dolor de las vértebras del cuello no era nada comparado con lo que pasaba dentro del mate. Comenzó a asociar hechos y desarrollar pensamientos nunca antes imaginados. Vio con otros ojos a sus amigos y enemigos aéreos, a los que reptaban, a los zorros cazadores, al furioso elefante, a la tímida jirafa. Su lenguaje se desarrolló a la velocidad del rayo. Grandes ideas maduraron en su progresiva testa. Descubrió en un instante las falencias de la selva y sus posibles remedios. Su capacidad, antes miserable, alcanzó alturas que hicieron nacer la envidia del león. Se ganó enemigos muy poderosos, pero los liquidó con cierta facilidad, merced al ejército de animales ciegos que ahora seguía sus órdenes. Y si antes despertaba burla, desprecio y compasión, hoy su solo nombre era símil de poder, inteligencia, autoridad y atractivo sexual. En fin, elaboró proyectos en todo orden de cosas y se puede decir que en esos pocos días contribuyó más al progreso y la destrucción de la selva que en mil vidas que pudiese haber vivido.
Al término de la semana se hallaba exhausto. Su cabeza era una máquina imparable de pensamientos. No dormía. Comenzó a delirar y en las horas de insomnio veía remolinos grises. Descendía por el espiral hasta llegar al fondo: allí estaban los ojos de Dios. Entonces le pedía clemencia, pero Dios no emitía sonido alguno y el remolino invertía su giro para llevarlo de nuevo a la superficie.
Desde su trono, ubicado en el palacio alhajado de un frondoso roble, mandó llamar al mago. Éste acudió con recelo, porque adivinaba lo que le iban a pedir. Y en efecto, así fue. El chorlito, en su comprensión majestuosa, le ordenó que le volviera la cabeza a su tamaño. El mago contestó:
-No hago milagros, no tengo ese poder.
Desesperado, el chorlito dio orden de matarlo. Dos hienas que le servían como esbirros cumplieron de inmediato la orden y el cuerpo de Faisán el Mago fue colgado de una rama. La cabeza del chorlito, en tanto, parecía una catarata de pensamientos. Cada onda que surgía era reemplazada por una nueva idea. Su cerebro las guardaba todas y no se llenaba nunca, era un depósito infinito.
El chorlito voló a los pies del león.
-Vuelve todo a su lugar- le imploró, llorando a mares.
El rey afilaba los colmillos, no muy convencido. Miró primero a todos lados. Luego, sin pensarlo más, se lo comió.
-Muy buenas tardes, Don Faisán -lo saludó-. Vengo a verlo porque me han dicho que usted es muy buen mago.
-¿Y por qué no recurriste a Dios o le hiciste manda a un santo? -lo provocó el ave de colores.
-Es que todos saben que Dios no hace milagros -le respondió, con lo que el mago ya intuyó por dónde iba la cosa. Adivinó de inmediato que el chorlito no era de gran entendimiento y que le iba a pedir un milagro.
-Mi consulta vale 20 mil pesos -le advirtió.
-Aquí están.
-Pues, dime entonces.
El chorlito le expuso la vergüenza que sentía cuando los animales de la selva lo llamaban "cabeza de chorlito" y le pidió que le agrandara la cabeza. El mago hizo tres pases y lo mandó a casa a descansar.
-En una semana tendrás la cabeza del porte de una pelota oficial de la Fifa, le prometió.
Voló muy contento el chorlito a su nido. Dos días después la cabeza le crecía a pasos agigantados y junto a ella el cerebro. Al principio se asustó, pero luego le tomó el gustito al cambio. El dolor de las vértebras del cuello no era nada comparado con lo que pasaba dentro del mate. Comenzó a asociar hechos y desarrollar pensamientos nunca antes imaginados. Vio con otros ojos a sus amigos y enemigos aéreos, a los que reptaban, a los zorros cazadores, al furioso elefante, a la tímida jirafa. Su lenguaje se desarrolló a la velocidad del rayo. Grandes ideas maduraron en su progresiva testa. Descubrió en un instante las falencias de la selva y sus posibles remedios. Su capacidad, antes miserable, alcanzó alturas que hicieron nacer la envidia del león. Se ganó enemigos muy poderosos, pero los liquidó con cierta facilidad, merced al ejército de animales ciegos que ahora seguía sus órdenes. Y si antes despertaba burla, desprecio y compasión, hoy su solo nombre era símil de poder, inteligencia, autoridad y atractivo sexual. En fin, elaboró proyectos en todo orden de cosas y se puede decir que en esos pocos días contribuyó más al progreso y la destrucción de la selva que en mil vidas que pudiese haber vivido.
Al término de la semana se hallaba exhausto. Su cabeza era una máquina imparable de pensamientos. No dormía. Comenzó a delirar y en las horas de insomnio veía remolinos grises. Descendía por el espiral hasta llegar al fondo: allí estaban los ojos de Dios. Entonces le pedía clemencia, pero Dios no emitía sonido alguno y el remolino invertía su giro para llevarlo de nuevo a la superficie.
Desde su trono, ubicado en el palacio alhajado de un frondoso roble, mandó llamar al mago. Éste acudió con recelo, porque adivinaba lo que le iban a pedir. Y en efecto, así fue. El chorlito, en su comprensión majestuosa, le ordenó que le volviera la cabeza a su tamaño. El mago contestó:
-No hago milagros, no tengo ese poder.
Desesperado, el chorlito dio orden de matarlo. Dos hienas que le servían como esbirros cumplieron de inmediato la orden y el cuerpo de Faisán el Mago fue colgado de una rama. La cabeza del chorlito, en tanto, parecía una catarata de pensamientos. Cada onda que surgía era reemplazada por una nueva idea. Su cerebro las guardaba todas y no se llenaba nunca, era un depósito infinito.
El chorlito voló a los pies del león.
-Vuelve todo a su lugar- le imploró, llorando a mares.
El rey afilaba los colmillos, no muy convencido. Miró primero a todos lados. Luego, sin pensarlo más, se lo comió.
miércoles, 3 de septiembre de 2008
Padre Mantis, el zorro y el escapulario del bufalito
Dicen que los búfalos nunca usaron escapulario. Certifico que eso es cierto, pero sólo en lo que corresponde a los mayores, pues con mis propios ojos vi a un bufalito luciéndolo en época de catecismo. Y como la fortuna ha dispuesto que en este mismo momento disfrute de una hora de libertad, la aprovecharé para contarles la fábula.
Sucedió que por aquella época de la que les hablo, principios de los años 60, el obispado me mandó a la pradera a iniciar en los misterios religiosos a los inocentes animales. Llegué a la iglesia, toqué la campana y todos corrieron hacia mí. Lagartos y lagartijas, sapos y ranas, perros y gatos, corderos y culebras, un par de zorros desconfiados, un cernícalo, varios tordos, una nube de golondrinas, un gallinero entero con su gallo viril de cresta roja, montones de gusanos y hormigas, un enjambre de abejas y una plaga de moscas, sin contar algunas especies raras que nunca había visto y una pareja de búfalos. La iglesia se llenó en un minuto. Subí al púlpito y les hablé en nombre de Dios. Díjeles:
-En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Respondiéronme en coro, arrodillados ante la cruz:
-Amén.
Díjeles:
-Pueden tomar asiento.
Lo hicieron, mirándose unos a otros, respetándose como nunca lo hicieron ni lo volvieron a hacer. Sólo en el templo fueron iguales a los ojos de Dios.
Díjeles:
-Los he reunido, amados hijos, para anunciarles que la época del catecismo ha llegado. Comunicad la buena nueva a vuestros hijos y enviadlos a la Iglesia desde mañana mismo. Serán instruidos durante tres meses. Al entrar el verano harán la primera comunión. Y ahora, podéis iros en paz.
Los animales abandonaron la iglesia con gran alboroto. No a la salida, sino unos doscientos metros más allá, en plena pradera, pude contemplar cómo la zorra le echaba el ojo a una gallina que se quedaba atrás y las golondrinas se hacían un festín con las moscas.
Al día siguiente llegaron todos los hijos de los animales, puntualmente, sin faltar uno solo. Desde ese momento y hasta principios del verano les enseñé las puertas del cielo y nociones básicas de la omnipresencia de Dios, eso sí con otras palabras; les preparé contra el pecado, les mostré los mil caminos para lograr la salvación eterna, les grafiqué con ejemplos en el pizarrón algunas diabluras del Diablo que atribuían hasta ese momento a causas naturales. En fin, los dejé casi convertidos en santos. Incluso, el día antes de hacer la primera comunión los obligué a ayunar. Luego de que recibieron la hostia en presencia de sus mayores, todos vestidos de blanco, les ordené hacer una fila y entonces les repartí escapularios. Luego se les sirvió a cada uno una taza de chocolate humeante y un bizcocho. ¡Qué felicidad, la de esos animales, cuando se retiraron a sus casas llevando al cuello el cordón con la imagen de San Francisco! Nunca volví a ver algo así en mis 30 años de misiones. El gusanito se lo echaba en la espalda para no mancharlo, la golondrinita se lo abrochaba con un clip para que no se le despegara en su vuelo rasante, la gallinita lo exhibía, cocoroca, y el bufalito, el bufalito... estaba triste bajo el espino.
-Qué te sucede, hijo mío.
-No me entra, Padre Mantis -respondió, avergonzado.
-Qué lástima -lo consolé- no tuve en cuenta tu bestial cogote. Se me hace que Dios no ha dispuesto solución para tu caso.
El bufalito se echó a llorar. Metros más allá, sus padres veían la escena, sin hallar qué hacer. El zorro, más astuto, citó a Padre Mantis al galpón y le indicó una cuerda que colgaba entre los aparejos.
-Úsela, padrecito, nadie se va a enterar. Yo mismo si quiere me atribuyo el hurto, usted queda bien puesto y el bufalito se va con Dios.
Así se hizo. Cerré las puertas de la iglesia, volví a la ciudad, confesé mi pecado y sólo eché al agua al zorro ante la insistencia de mi confesor.
Me contaron que dos días después el zorro amaneció crucificado en la cima del monte. Primero se acercó el tiuque y le picoteó los ojos, luego llegaron los perros a hincar el diente en la carne; los buitres bajaron de los últimos y le arrancaron las tripas. El bufalito le lamía las plantas de los pies, porque la sangre sabía dulzona. Finalmente los gusanos lo dejaron limpiecito, reluciente su esqueleto.
Esta fábula finaliza con una ingrata noticia para mí. Ya estaba viejo y daba el cielo por ganado cuando una primavera el perfume de una hembra me enloqueció y por una vez abandoné mi castidad. Era mucho más grande que yo y reposaba en una rama. Me monté sobre ella y la disfruté durante horas, pero de improviso me tomó en sus brazos y de un mordisco me decapitó. Entonces le inyecté mi esperma y acto seguido me fui al infierno.
Sucedió que por aquella época de la que les hablo, principios de los años 60, el obispado me mandó a la pradera a iniciar en los misterios religiosos a los inocentes animales. Llegué a la iglesia, toqué la campana y todos corrieron hacia mí. Lagartos y lagartijas, sapos y ranas, perros y gatos, corderos y culebras, un par de zorros desconfiados, un cernícalo, varios tordos, una nube de golondrinas, un gallinero entero con su gallo viril de cresta roja, montones de gusanos y hormigas, un enjambre de abejas y una plaga de moscas, sin contar algunas especies raras que nunca había visto y una pareja de búfalos. La iglesia se llenó en un minuto. Subí al púlpito y les hablé en nombre de Dios. Díjeles:
-En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Respondiéronme en coro, arrodillados ante la cruz:
-Amén.
Díjeles:
-Pueden tomar asiento.
Lo hicieron, mirándose unos a otros, respetándose como nunca lo hicieron ni lo volvieron a hacer. Sólo en el templo fueron iguales a los ojos de Dios.
Díjeles:
-Los he reunido, amados hijos, para anunciarles que la época del catecismo ha llegado. Comunicad la buena nueva a vuestros hijos y enviadlos a la Iglesia desde mañana mismo. Serán instruidos durante tres meses. Al entrar el verano harán la primera comunión. Y ahora, podéis iros en paz.
Los animales abandonaron la iglesia con gran alboroto. No a la salida, sino unos doscientos metros más allá, en plena pradera, pude contemplar cómo la zorra le echaba el ojo a una gallina que se quedaba atrás y las golondrinas se hacían un festín con las moscas.
Al día siguiente llegaron todos los hijos de los animales, puntualmente, sin faltar uno solo. Desde ese momento y hasta principios del verano les enseñé las puertas del cielo y nociones básicas de la omnipresencia de Dios, eso sí con otras palabras; les preparé contra el pecado, les mostré los mil caminos para lograr la salvación eterna, les grafiqué con ejemplos en el pizarrón algunas diabluras del Diablo que atribuían hasta ese momento a causas naturales. En fin, los dejé casi convertidos en santos. Incluso, el día antes de hacer la primera comunión los obligué a ayunar. Luego de que recibieron la hostia en presencia de sus mayores, todos vestidos de blanco, les ordené hacer una fila y entonces les repartí escapularios. Luego se les sirvió a cada uno una taza de chocolate humeante y un bizcocho. ¡Qué felicidad, la de esos animales, cuando se retiraron a sus casas llevando al cuello el cordón con la imagen de San Francisco! Nunca volví a ver algo así en mis 30 años de misiones. El gusanito se lo echaba en la espalda para no mancharlo, la golondrinita se lo abrochaba con un clip para que no se le despegara en su vuelo rasante, la gallinita lo exhibía, cocoroca, y el bufalito, el bufalito... estaba triste bajo el espino.
-Qué te sucede, hijo mío.
-No me entra, Padre Mantis -respondió, avergonzado.
-Qué lástima -lo consolé- no tuve en cuenta tu bestial cogote. Se me hace que Dios no ha dispuesto solución para tu caso.
El bufalito se echó a llorar. Metros más allá, sus padres veían la escena, sin hallar qué hacer. El zorro, más astuto, citó a Padre Mantis al galpón y le indicó una cuerda que colgaba entre los aparejos.
-Úsela, padrecito, nadie se va a enterar. Yo mismo si quiere me atribuyo el hurto, usted queda bien puesto y el bufalito se va con Dios.
Así se hizo. Cerré las puertas de la iglesia, volví a la ciudad, confesé mi pecado y sólo eché al agua al zorro ante la insistencia de mi confesor.
Me contaron que dos días después el zorro amaneció crucificado en la cima del monte. Primero se acercó el tiuque y le picoteó los ojos, luego llegaron los perros a hincar el diente en la carne; los buitres bajaron de los últimos y le arrancaron las tripas. El bufalito le lamía las plantas de los pies, porque la sangre sabía dulzona. Finalmente los gusanos lo dejaron limpiecito, reluciente su esqueleto.
Esta fábula finaliza con una ingrata noticia para mí. Ya estaba viejo y daba el cielo por ganado cuando una primavera el perfume de una hembra me enloqueció y por una vez abandoné mi castidad. Era mucho más grande que yo y reposaba en una rama. Me monté sobre ella y la disfruté durante horas, pero de improviso me tomó en sus brazos y de un mordisco me decapitó. Entonces le inyecté mi esperma y acto seguido me fui al infierno.
viernes, 29 de agosto de 2008
El colibrí, el murciélago y el búho
El colibrí libaba néctar de las flores; el murciélago dormía colgado en una rama sombría. Llegó el atardecer. El colibrí, extenuado, se recogió en su nido. A esa hora el murciélago despertaba para iniciar una nueva jornada. Se encontraron por casualidad y se hablaron sin reservas, a sabiendas de que nunca se disputarían el alimento y jamás se harían daño. Eran aliados en sus vidas paralelas.
Díjole el colibrí: hola. Respondióle el murciélago: ¿qué tal, cómo estuvo el día? El colibrí le comentó que sentía que había aleteado demasiado por tan poco néctar. Le dijo que envidiaba al león pero sobre todo a la culebra, que come de una sola vez por 20 días.
-Tú mismo aprovechas el vuelo para tragar zancudos y polillas y eso no cuesta mucho; Dios pudo darme alas más lerdas, pero me tentó con éstas y vaya que les saco el jugo -remató.
El murciélago no disponía de tiempo para consolarlo, de modo que le comentó que si así había sido hecho, conforme a eso debía actuar. El colibrí dijo que eso lo sabía y le confesó que, siendo franco y en honor a la vieja amistad entre los dos, hablaba por hablar, de cansado y satisfecho que estaba. El murciélago se sintió burlado y eso le bastó para llenarse de envidia, porque comprendió que lo que decía el colibrí era verdad: él ya había vivido su día, en tanto que el murciélago comenzaba recién el desafío del suyo. Se preguntó entonces a qué le temía, por qué sentirse así, en circunstancias de que la vida en sí misma consistía en un desafío. Antes de echarse a volar se vio en la necesidad de acudir a la consulta del búho para confesarle su temor. El sabio contestó:
-Tu problema tiene que ver con los adjetivos. Si pensaras sólo en sustantivo verías la vida con otros ojos.
El murciélago siguió su consejo y desde ese día se le aclaró la vista. Se convirtió en ave diurna, cambió sus hábitos alimenticios y descubrió tantas cosas nuevas que sintió algo tremendo en su estómago, como un vértigo. Si fue devorado por el halcón, hizo carrera o volvió a sus viejas costumbres dejémoslo al criterio de cada cual. Después de todo, las fábulas se inventaron para que la gente meditara y decidiera.
Díjole el colibrí: hola. Respondióle el murciélago: ¿qué tal, cómo estuvo el día? El colibrí le comentó que sentía que había aleteado demasiado por tan poco néctar. Le dijo que envidiaba al león pero sobre todo a la culebra, que come de una sola vez por 20 días.
-Tú mismo aprovechas el vuelo para tragar zancudos y polillas y eso no cuesta mucho; Dios pudo darme alas más lerdas, pero me tentó con éstas y vaya que les saco el jugo -remató.
El murciélago no disponía de tiempo para consolarlo, de modo que le comentó que si así había sido hecho, conforme a eso debía actuar. El colibrí dijo que eso lo sabía y le confesó que, siendo franco y en honor a la vieja amistad entre los dos, hablaba por hablar, de cansado y satisfecho que estaba. El murciélago se sintió burlado y eso le bastó para llenarse de envidia, porque comprendió que lo que decía el colibrí era verdad: él ya había vivido su día, en tanto que el murciélago comenzaba recién el desafío del suyo. Se preguntó entonces a qué le temía, por qué sentirse así, en circunstancias de que la vida en sí misma consistía en un desafío. Antes de echarse a volar se vio en la necesidad de acudir a la consulta del búho para confesarle su temor. El sabio contestó:
-Tu problema tiene que ver con los adjetivos. Si pensaras sólo en sustantivo verías la vida con otros ojos.
El murciélago siguió su consejo y desde ese día se le aclaró la vista. Se convirtió en ave diurna, cambió sus hábitos alimenticios y descubrió tantas cosas nuevas que sintió algo tremendo en su estómago, como un vértigo. Si fue devorado por el halcón, hizo carrera o volvió a sus viejas costumbres dejémoslo al criterio de cada cual. Después de todo, las fábulas se inventaron para que la gente meditara y decidiera.
martes, 26 de agosto de 2008
El sapo mirón se hace vegetariano
Posado en un nenúfar el sapo mirón pasó la vida. Si el nenúfar declinaba en su energía, saltaba a otro nenúfar. De noche croaba como todos, de día dormía debajo del nenúfar, protegido de la ronda mortal del águila rapaz e insolente. De noche su cuerpecito verde tentaba a búhos y lechuzas. De día se hizo viejo y fue devorado: un amanecer se transpuso y no alcanzó a meterse a la charca; lo apresaron unas garras filudas y se lo comieron.
Cuántas cosas vio en su vida el sapo mirón. Las registraba en su cabeza como una máquina fotográfica. Buenos ojos, los del sapo, qué buenos ojos tenía. Si le abren la cabeza le sacan varios rollos fotográficos.
Le gustaban las polillas porque eran de una talla S muy sustanciosa. Las moscas y los zancudos eran menos que un tentempié. Para un Dieciocho fue al supermercado y se compró un matapiojos. Lo asó en la parrilla para él solo, pero al comérselo se atragantó: el matapiojos se le cruzó en la garganta y no había forma de sacárselo. Lo llevaron de urgencia a la posta para practicarle una traqueotomía y de no ser por la habilidad del cirujano el sapo habría expirado. Se salvó por minutos. Desde ese día se hizo vegetariano, pero croaba por el hoyito que le dejó el doctor. Pasaron varios meses antes de que éste se cerrara. Entonces volvió a ser el mismo de siempre, con la excepción de que mantuvo su costumbre vegetariana.
La naturaleza lo colmó de bendiciones, pero bien miradas no eran tantas. Posarse y mirar. Registrar en la memoria. La indiferencia. La apatía. Frialdad de trato. Cazador de presas menores. Voluntad para sacarse el vicio de los matapiojos (aunque allí pudo primar el miedo que experimentó al atragantarse, lo que hace pensar que tal vez la voluntad se alimenta del miedo, he aquí la moraleja escondida en esta fábula).
Se cuenta que durante las primaveras nocturnas el sapo mirón se pasaba los tres meses con los ojos abiertos. Una de esas noches vio pasar al ejército de langostas que ese verano liquidó el paisaje. No le dijo a nadie. Se guardó la visión para sus adentros. De chico fue un sapo deshumanizado.
Cuántas cosas vio en su vida el sapo mirón. Las registraba en su cabeza como una máquina fotográfica. Buenos ojos, los del sapo, qué buenos ojos tenía. Si le abren la cabeza le sacan varios rollos fotográficos.
Le gustaban las polillas porque eran de una talla S muy sustanciosa. Las moscas y los zancudos eran menos que un tentempié. Para un Dieciocho fue al supermercado y se compró un matapiojos. Lo asó en la parrilla para él solo, pero al comérselo se atragantó: el matapiojos se le cruzó en la garganta y no había forma de sacárselo. Lo llevaron de urgencia a la posta para practicarle una traqueotomía y de no ser por la habilidad del cirujano el sapo habría expirado. Se salvó por minutos. Desde ese día se hizo vegetariano, pero croaba por el hoyito que le dejó el doctor. Pasaron varios meses antes de que éste se cerrara. Entonces volvió a ser el mismo de siempre, con la excepción de que mantuvo su costumbre vegetariana.
La naturaleza lo colmó de bendiciones, pero bien miradas no eran tantas. Posarse y mirar. Registrar en la memoria. La indiferencia. La apatía. Frialdad de trato. Cazador de presas menores. Voluntad para sacarse el vicio de los matapiojos (aunque allí pudo primar el miedo que experimentó al atragantarse, lo que hace pensar que tal vez la voluntad se alimenta del miedo, he aquí la moraleja escondida en esta fábula).
Se cuenta que durante las primaveras nocturnas el sapo mirón se pasaba los tres meses con los ojos abiertos. Una de esas noches vio pasar al ejército de langostas que ese verano liquidó el paisaje. No le dijo a nadie. Se guardó la visión para sus adentros. De chico fue un sapo deshumanizado.
jueves, 7 de agosto de 2008
Doctor Gato, conferencista, y las gatas parlanchinas
En la sala arrendada para la ocasión no cabía un alfiler. Un gato mestizo de traje gris subió al escenario para anunciar el ingreso de Don Gato y las gatas lanzaron maullidos. Se apagó el intenso eco del murmullo; Don Gato entró desde el fondo, alumbrado por un foco, y recorrió el pasillo alfombrado de rojo agradeciendo a diestra y siniestra, como si fuera candidato presidencial. Antes de instalarse en el estrado se retiró la capa de seda, descubriendo sus seductores bigotes. Recién entonces hizo uso de la palabra.
La fama de Don Gato se fundaba en su título académico de Doctor, en el rancio abolengo de su raza abisinia, pero sobre todo en que no leía discursos preparados y la intervención de esa noche no fue la excepción. Don Gato improvisaba. Así llenaba los teatros, acudiera donde acudiera, con entrada gratis o pagada. Ésta era pagada, de modo que las gatas naturalmente vestían pieles, joyas y zapatos de charol. Y lucían muy rubias y maquilladas.
La conferencia se titulaba "¿Por qué las gatas hablan más que los gatos?". La venía ofreciendo desde hace un año de Arica a Magallanes y de mar a cordillera, con notable éxito de crítica y de público, como el autor de esta fábula ya lo insinuó en líneas anteriores. Durante las dos horas de la charla no voló ni una mosca. Si las gatas ya habían acudido previamente hechizadas, las palabras del notable académico sólo aumentaron el embrujo.
Don Gato cultivaba la siguiente rutina: primero hacía reír, luego hacía pensar, luego hacía llorar y finalmente volvía a hacer reír. El aplauso que recibía en todos los teatros era apoteósico y el de esa noche no fue la excepción.
A la salida recibió numerosas invitaciones a cenar, pero prefirió retirarse al hotel con su agente. En la pieza se dedicaron a contar el dinero, se dieron las buenas noches y cada uno se acostó en su cama. Al día siguiente les esperaba una fatigosa jornada en el pueblo de más allá, con charlas de matiné, vermouth y noche.
En cuanto a las gatas... las gatas... qué decir. Habían estado tan calladitas, obedientes y concentradas que a la salida estallaron. Llenaron cafés y restaurantes para comentar el espectáculo de Don Gato. Lo analizaron de pies a cabeza y cada una hizo una observación más original que la otra. Que su vestuario, que sus bigotes, que su modo de hablar, que el tono de su voz, que hasta sus zapatos sucios, se fijaron dos siamesas. Los mozos volvían a llenar las tazas de chocolate humeante y reponían las paneras con tostadas, bizcochos, mermeladas e hígado fresco, mientras la conversación pasaba al obligado tema de los hijos y los nietos y luego al tema central, consagrado a los tratamientos de belleza y rejuvenecimiento tanto a través del bisturí como de las cremas y el gimnasio. Con la bandeja de licores en la mesa, la charla derivó en voz baja y pudorosa al asunto de los amantes. Allí se subrayó lo fastidiosos que resultan, siendo la conclusión la misma de siempre, a esa altura con voces encendidas: los gatos no valen nada. El epílogo les fue dedicado a los esposos y a los jeeps. Todas las gatas de esta fábula conducían jeeps de acuerdo con la regla establecida: sólo debían hacerlo con las gafas de sol puestas, aunque estuviese lloviendo.
Quiere regalarnos el autor la siguiente moraleja: aunque el machismo se encuentre en retirada, acorralado por los tiempos, las gatas seguirán hablando más que los gatos, a pesar de que éstos continúan siendo los dueños de la palabra.
La fama de Don Gato se fundaba en su título académico de Doctor, en el rancio abolengo de su raza abisinia, pero sobre todo en que no leía discursos preparados y la intervención de esa noche no fue la excepción. Don Gato improvisaba. Así llenaba los teatros, acudiera donde acudiera, con entrada gratis o pagada. Ésta era pagada, de modo que las gatas naturalmente vestían pieles, joyas y zapatos de charol. Y lucían muy rubias y maquilladas.
La conferencia se titulaba "¿Por qué las gatas hablan más que los gatos?". La venía ofreciendo desde hace un año de Arica a Magallanes y de mar a cordillera, con notable éxito de crítica y de público, como el autor de esta fábula ya lo insinuó en líneas anteriores. Durante las dos horas de la charla no voló ni una mosca. Si las gatas ya habían acudido previamente hechizadas, las palabras del notable académico sólo aumentaron el embrujo.
Don Gato cultivaba la siguiente rutina: primero hacía reír, luego hacía pensar, luego hacía llorar y finalmente volvía a hacer reír. El aplauso que recibía en todos los teatros era apoteósico y el de esa noche no fue la excepción.
A la salida recibió numerosas invitaciones a cenar, pero prefirió retirarse al hotel con su agente. En la pieza se dedicaron a contar el dinero, se dieron las buenas noches y cada uno se acostó en su cama. Al día siguiente les esperaba una fatigosa jornada en el pueblo de más allá, con charlas de matiné, vermouth y noche.
En cuanto a las gatas... las gatas... qué decir. Habían estado tan calladitas, obedientes y concentradas que a la salida estallaron. Llenaron cafés y restaurantes para comentar el espectáculo de Don Gato. Lo analizaron de pies a cabeza y cada una hizo una observación más original que la otra. Que su vestuario, que sus bigotes, que su modo de hablar, que el tono de su voz, que hasta sus zapatos sucios, se fijaron dos siamesas. Los mozos volvían a llenar las tazas de chocolate humeante y reponían las paneras con tostadas, bizcochos, mermeladas e hígado fresco, mientras la conversación pasaba al obligado tema de los hijos y los nietos y luego al tema central, consagrado a los tratamientos de belleza y rejuvenecimiento tanto a través del bisturí como de las cremas y el gimnasio. Con la bandeja de licores en la mesa, la charla derivó en voz baja y pudorosa al asunto de los amantes. Allí se subrayó lo fastidiosos que resultan, siendo la conclusión la misma de siempre, a esa altura con voces encendidas: los gatos no valen nada. El epílogo les fue dedicado a los esposos y a los jeeps. Todas las gatas de esta fábula conducían jeeps de acuerdo con la regla establecida: sólo debían hacerlo con las gafas de sol puestas, aunque estuviese lloviendo.
Quiere regalarnos el autor la siguiente moraleja: aunque el machismo se encuentre en retirada, acorralado por los tiempos, las gatas seguirán hablando más que los gatos, a pesar de que éstos continúan siendo los dueños de la palabra.
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