Fulgores venidos del pantano, acompañados de evaporaciones nauseabundas, daban al cuadro una rara atmósfera antediluviana. De las aguas levantaban vuelo aves de alas membranosas. Algunas conseguían su propósito del despegue; otras sucumbían, víctimas de los chorros hirvientes. Pero las que se salvaban ya hacían número suficiente como para iniciar la guerra contra el pueblo de los enanos.
Fue aquella guerra de quinientos años un hito épico que convendría no olvidar: los enanos recién estaban aprendiendo a fabricar armas, de modo que podría decirse que el resultado de las batallas era imprevisible. A veces el campo quedaba sembrado de tripas, ya que a todo el resto del cuerpo de las aves los enanos les sacaban provecho. En otras ocasiones eran los pequeños bípedos quienes sucumbían bajo el poder de los ataques rasantes de los picos filudos. Entonces en los campos de batalla no quedaba nada de nada; salvo rastros de sangre que alimentaban a los insectos microscópicos que poblaban la tierra.
Está por verse, y es misión de los estudiosos, saber quién fue primero y quién venció, si los enanos o las aves acuáticas. La teoría que privilegia a las aves sostiene que la vida nació de las aguas. Organismos unicelulares evolucionaron, rompieron el muro líquido en que permanecían prisioneros y se ganaron la benevolencia de los cielos. La de los enanos dice que la vida irrumpió de las cavernas que conducen a las profundidades del planeta. Los enanos serían hijos del fuego derramado en ríos subterráneos; habrían nacido a sus orillas, donde el calor se hace soportable y desde donde se vislumbra, arriba y a lo lejos, un espejismo de luz que viene de los cielos.
Ambos pueblos, por lo tanto, estaban destinados a los cielos. Pero poco tardaron las aves en darse cuenta de que el cielo era una ilusión. Buscaron las ramas de los árboles y allí hicieron sus nidos. En cuanto a los enanos, no más salir a la superficie quedaron ciegos, uno a uno. Intentaron retornar a sus cavernas de fuego líquido, pero las caminatas a tientas llevaron sus pasos a otros lares. El tiempo los obligó a ganar altura y así fue como el hombre fundó su imperio en la faz de la tierra. Desarrollaron ojos imperfectos, muy parecidos a los del hombre actual.
jueves, 20 de marzo de 2008
El toro, la lechuza y la chibiricoca
Daba cornadas el toro al tronco de un árbol de la hacienda de su amo hasta que cayó de la rama una lechuza. Arrepentido de las consecuencias de su cólera sintió piedad por el ave, que aleteaba en la tierra sin poder levantar vuelo.
-Afírmate de mi anillo y ponte de pie nuevamente -le ofreció. La lechuza aprovechó la ayuda de buena gana.
-¿Por qué hacías eso?
-Hacer qué.
-Por qué corneabas el tronco.
-Mi amo me encerró en este corral.
-¿Y por eso tenías rabia?
-Sí, y porque no me salen las cosas.
-¿Y por qué no te salen las cosas?
-Porque no me salen.
-¿Qué edad tienes?
-Qué sé yo.
-¿Tienes novia?
El toro, imbuido aún por la culpa de haber sacado a la lechuza de su rama, aceptó pasearla por el corral en su gran cabeza, pero ya eran demasiadas las preguntas que le hacían. Además, el corral no ofrecía más variantes que el tronco del árbol. Todo lo que no fuese dar cornadas aburría al cuadrúpedo. La lechuza, ignorante de ese raciocinio nacido de las sensaciones y las ideas fijas, parecía sentirse bastante mejor que antes, montada en un toro que inspiraba respeto. Por ella habría cambiado para siempre su casa en la rama por la frente del toro.Pero acontecieron nuevos sucesos que habrían de reorientar el destino de esta fábula.
-Deja que la historia siga su curso y no pretendas conducirla -le propuso la lechuza, abriéndole la puerta del corral.
Maravillado, a la vez que asustado, el toro se abandonó a la sensación de vagar por el campo con la lechuza medio a medio de sus cuernos. Al verlo en libertad se le acercó una chibiricoca. Era ésta una especie sumamente voluntariosa y antojadiza.
-¡Hola, buen mozo!, ¿me llevas?
-¿Que no ves que voy con una lechuza?
-Puedes llevarnos a las dos. Nos vamos a portar bien.
-Bien, sube. ¡Pero sólo por esta vez!
-¡Ay, señor Toro! ¡Usted no cambia!
Toro, lechuza y chibiricoca se internaron en el bosque y allí retozaron. Cuando llegó la noche y vio que dormían, el toro las dejó abrazadas en un colchón de hojas y huyó en puntillas. Al salir del bosque aceleró la marcha para estar dentro del corral antes del amanecer. Le había gustado la aventura, pero echaba de menos las cornadas y sobre todo las razones que lo instaban a emprenderlas contra el árbol.
-Afírmate de mi anillo y ponte de pie nuevamente -le ofreció. La lechuza aprovechó la ayuda de buena gana.
-¿Por qué hacías eso?
-Hacer qué.
-Por qué corneabas el tronco.
-Mi amo me encerró en este corral.
-¿Y por eso tenías rabia?
-Sí, y porque no me salen las cosas.
-¿Y por qué no te salen las cosas?
-Porque no me salen.
-¿Qué edad tienes?
-Qué sé yo.
-¿Tienes novia?
El toro, imbuido aún por la culpa de haber sacado a la lechuza de su rama, aceptó pasearla por el corral en su gran cabeza, pero ya eran demasiadas las preguntas que le hacían. Además, el corral no ofrecía más variantes que el tronco del árbol. Todo lo que no fuese dar cornadas aburría al cuadrúpedo. La lechuza, ignorante de ese raciocinio nacido de las sensaciones y las ideas fijas, parecía sentirse bastante mejor que antes, montada en un toro que inspiraba respeto. Por ella habría cambiado para siempre su casa en la rama por la frente del toro.Pero acontecieron nuevos sucesos que habrían de reorientar el destino de esta fábula.
-Deja que la historia siga su curso y no pretendas conducirla -le propuso la lechuza, abriéndole la puerta del corral.
Maravillado, a la vez que asustado, el toro se abandonó a la sensación de vagar por el campo con la lechuza medio a medio de sus cuernos. Al verlo en libertad se le acercó una chibiricoca. Era ésta una especie sumamente voluntariosa y antojadiza.
-¡Hola, buen mozo!, ¿me llevas?
-¿Que no ves que voy con una lechuza?
-Puedes llevarnos a las dos. Nos vamos a portar bien.
-Bien, sube. ¡Pero sólo por esta vez!
-¡Ay, señor Toro! ¡Usted no cambia!
Toro, lechuza y chibiricoca se internaron en el bosque y allí retozaron. Cuando llegó la noche y vio que dormían, el toro las dejó abrazadas en un colchón de hojas y huyó en puntillas. Al salir del bosque aceleró la marcha para estar dentro del corral antes del amanecer. Le había gustado la aventura, pero echaba de menos las cornadas y sobre todo las razones que lo instaban a emprenderlas contra el árbol.
La luciérnaga, el tigre y la langosta
A los ojos del tigre, situados más allá del fondo de la selva, la luciérnaga parecía un bocado apetitoso, pues era fácil verla volando de aquí hacia allá, iluminando vanidosa los contornos tenebrosos del bosque, especie de faro diminuto del mundo nocturno, desafiando al destino. Tanto arriesgaba en cada vuelo que en las horas de inquietud se juraba no volver a encenderse, vivir no tan brillando.La langosta la veía desde el suelo y aprovechaba su luz para saltar. Siempre iba a la retaguardia, pero tras cada salto quedaba delante de los demás insectos y sobrevivía, sin fulgor, pero sobrevivía y eso era a la postre bastante más que algo. Miraba a la luciérnaga con cierta dosis de burla envidiosa, como si pensara: ya caerá. El tigre reparaba poco en ella.
Guárdate o lúcete. No quieras ser como el otro ni te vanaglories de ser quien eres. El destino se cumplirá de todas maneras. El tiempo es un tigre que a cada cual da su hora.
Guárdate o lúcete. No quieras ser como el otro ni te vanaglories de ser quien eres. El destino se cumplirá de todas maneras. El tiempo es un tigre que a cada cual da su hora.
El gorrión y los dos temblores del cielo
Un gorrión volaba sobre su barrio de siempre cuando vino un temblor de cielo que le dejó el alma intranquila. Todo el aire había vibrado en torno a él y sin embargo, nada de aquello se palpaba. No había a qué apelar para recuperar la irresponsable cordura. Las ondas que le distorsionaron la visión iban ya muy lejos; pero quedaba la reverberancia.
El panorama se le antojó pálido y brumoso. El mismo sol brillaba menos, como si lo tapara una nube.
Sobrevino entonces un segundo sismo en el cielo, que acrecentó su malestar. Dos temblores en un solo día. Muy raro fenómeno, pero no imposible. Ha habido casos.
El gorrión se refugió en una rama a capear la segunda vibración, que duró unas cuantas horas. No era momento de buscar gusanos enroscados ni de batir las alas, pero ¡cuánto echaba de menos su rutina!
El panorama se le antojó pálido y brumoso. El mismo sol brillaba menos, como si lo tapara una nube.
Sobrevino entonces un segundo sismo en el cielo, que acrecentó su malestar. Dos temblores en un solo día. Muy raro fenómeno, pero no imposible. Ha habido casos.
El gorrión se refugió en una rama a capear la segunda vibración, que duró unas cuantas horas. No era momento de buscar gusanos enroscados ni de batir las alas, pero ¡cuánto echaba de menos su rutina!
Noé y los dinosaurios
Luego de que todos los animales descendieron, uno por uno, el Arca de Noé quedó vacía. Noé se irguió en la proa a contemplar cómo se iban desperdigando las parejas, intranquilo, con cargo de conciencia.
La obra, acabada, es fuente de conflictos.
Le pesaba haber dejado a merced de la lluvia a los dinosaurios. Los imaginaba en el momento de la muerte, pataleando en unos remolinos tortuosos hasta ahogarse de tanta agua que tragaban, manadas completas bajo el mar, como sombras verdes que se pierden en las profundidades, primero visibles, después borrosas, luego imaginarias. Miles de dinosaurios, ¡cientos de miles!
Haber salvado aunque fuese a uno -se decía-. Pensando siempre en hacer el bien seleccioné a mi gusto, con toda buena intención; elegí, cuando nadie me había dado esa misión. ¿Y qué he conseguido? Cambiar la faz de la tierra, nada menos. Era uno más de tantos, pero me arrogué derechos, o creí que me los daban; me habrán de arriba embolinado la perdiz al tiempo que me ungían, esa habrá sido la causa de lo que hoy lamento tanto.
Así se sentía Noé. Y así atardecía aquel día en el planeta...
La obra, acabada, es fuente de conflictos.
Le pesaba haber dejado a merced de la lluvia a los dinosaurios. Los imaginaba en el momento de la muerte, pataleando en unos remolinos tortuosos hasta ahogarse de tanta agua que tragaban, manadas completas bajo el mar, como sombras verdes que se pierden en las profundidades, primero visibles, después borrosas, luego imaginarias. Miles de dinosaurios, ¡cientos de miles!
Haber salvado aunque fuese a uno -se decía-. Pensando siempre en hacer el bien seleccioné a mi gusto, con toda buena intención; elegí, cuando nadie me había dado esa misión. ¿Y qué he conseguido? Cambiar la faz de la tierra, nada menos. Era uno más de tantos, pero me arrogué derechos, o creí que me los daban; me habrán de arriba embolinado la perdiz al tiempo que me ungían, esa habrá sido la causa de lo que hoy lamento tanto.
Así se sentía Noé. Y así atardecía aquel día en el planeta...
El camaleón y la mano
Inquieto el camaleón por no encontrar el tono exacto reposaba en la rama antes de cazar su insecto.
-Muy verde -decía.
-Ahora muy ocre.
-¡¿Es que no hay un tono que me venga?!
Era egocéntrico, más que vanidoso. Hablaba solo. Se desesperaba a ratos. Vivía pensando en el tono, como si el tono fuese la razón de vivir. Para él lo era, porque al nacer lo habían bautizado con agua bendita del lago de la perfección.
-¡Cuál es mi color! ¡Cuál es mi color!
Acertó a instalarse bajo el árbol un mendigo de mano deforme. Pedía por su mano. El camaleón lo consideró una persona digna de estudio.
-¿Cómo has hecho para tener esa mano?
-Me fue creciendo sin parar. Es demasiado el pesar que le debo.
-Es bastante imperfecta.
-No sólo es imperfecta, señor Camaleón. También duele.
-Pero vives gracias a ella.
-¿Es esto vivir? Vivo de la compasión. Nadie ha vuelto al pasado ni anulado su dolor por la piedad humana. Usted dispone de un arcoiris de colores para cubrir su piel. Su desesperación cotidiana consiste en elegir. Yo no puedo hacerlo. Ya me quisiera esa vida.
Los autos se detenían en la esquina. Unos le echaban una moneda en la palma, otros no. Todos le miraban la mano. El camaleón se entristeció, al constatar que el mundo era injusto con el mendigo enfermo.
-Creo que para esta mañana me conviene el gris perla -se dijo.
-Sí, le viene -acotó el mendigo.
Pero ya no podía ser el mismo de antes.
Por la noche, angustiado, rompió las reglas en las que había vivido encarcelado, perfecto. Se desprendió de su piel y la echó al viento. Sabía que ese gesto le costaría la vida. Cada escama cayó en un mortal y lo tiño de un color diferente. Antes de morir exclamó, gozoso:
-Gracias, mi Dios, por estar viendo esto que veo.
-Muy verde -decía.
-Ahora muy ocre.
-¡¿Es que no hay un tono que me venga?!
Era egocéntrico, más que vanidoso. Hablaba solo. Se desesperaba a ratos. Vivía pensando en el tono, como si el tono fuese la razón de vivir. Para él lo era, porque al nacer lo habían bautizado con agua bendita del lago de la perfección.
-¡Cuál es mi color! ¡Cuál es mi color!
Acertó a instalarse bajo el árbol un mendigo de mano deforme. Pedía por su mano. El camaleón lo consideró una persona digna de estudio.
-¿Cómo has hecho para tener esa mano?
-Me fue creciendo sin parar. Es demasiado el pesar que le debo.
-Es bastante imperfecta.
-No sólo es imperfecta, señor Camaleón. También duele.
-Pero vives gracias a ella.
-¿Es esto vivir? Vivo de la compasión. Nadie ha vuelto al pasado ni anulado su dolor por la piedad humana. Usted dispone de un arcoiris de colores para cubrir su piel. Su desesperación cotidiana consiste en elegir. Yo no puedo hacerlo. Ya me quisiera esa vida.
Los autos se detenían en la esquina. Unos le echaban una moneda en la palma, otros no. Todos le miraban la mano. El camaleón se entristeció, al constatar que el mundo era injusto con el mendigo enfermo.
-Creo que para esta mañana me conviene el gris perla -se dijo.
-Sí, le viene -acotó el mendigo.
Pero ya no podía ser el mismo de antes.
Por la noche, angustiado, rompió las reglas en las que había vivido encarcelado, perfecto. Se desprendió de su piel y la echó al viento. Sabía que ese gesto le costaría la vida. Cada escama cayó en un mortal y lo tiño de un color diferente. Antes de morir exclamó, gozoso:
-Gracias, mi Dios, por estar viendo esto que veo.
El mirlo en problemas
Hallóse en problemas el mirlo al coger un libro escrito en el idioma del loro. Vivían en regiones diferentes; el mirlo en tierras bajas, en loro en bosques al pie de la montaña.
El libro se trataba de un ave que desde su rama miró hacia arriba y vio a otra ave que volaba muy alto en el cielo y al verla volar tan alto sentía curiosidad y envidia. Bloqueadas las zonas del cerebro que les dan fluidez a las lecturas y sin diccionario al que acudir, malentendió el mirlo un par de palabras del texto y otro par se le fue en collera, de modo que el argumento que le entró en la cabeza fue este otro:
Un pájaro buscaba en las cosas la razón de la vida, en lo más profundo del paisaje, en los silencios de las montañas nevadas y en las vírgenes tinieblas de las aguas del mar. Situado por Dios en este último lugar, al que jamás hubiese podido acceder por sus propios medios, logró encontrar lo que buscaba y se sintió feliz. Quedó paralizado ante la esencia que no se vertía sino que se aislaba, se confinaba en el núcleo del agua marina, y disfrutó de la verdad. Pasaron diez minutos y el ave no se movía. Pasó media hora y el ave no se movía. Pasó una hora y cuarto y se cansó, comenzó a inquietarse. Cuando la verdad se le hizo insoportable retornó a su rama.
De esta mala lectura sacó el mirlo la siguiente enseñanza:El Todopoderoso puede ser nombrado de muchas maneras. Dios, Júpiter, Yahvé, Neptuno, Tláloc, Belenus, Sakpata, Horus. Si un ave cree en Yahvé y le reza a Neptuno comete herejía. Se le debe rezar a la imagen que cada ave guarda de su Dios. Si fue escuchada la plegaria es que el ave se lleva bien consigo misma, con la divinidad que hay en ella: he allí la razón de la vida. Pero si no cree en nada, entonces debe buscar la verdad en el paisaje.
El libro se trataba de un ave que desde su rama miró hacia arriba y vio a otra ave que volaba muy alto en el cielo y al verla volar tan alto sentía curiosidad y envidia. Bloqueadas las zonas del cerebro que les dan fluidez a las lecturas y sin diccionario al que acudir, malentendió el mirlo un par de palabras del texto y otro par se le fue en collera, de modo que el argumento que le entró en la cabeza fue este otro:
Un pájaro buscaba en las cosas la razón de la vida, en lo más profundo del paisaje, en los silencios de las montañas nevadas y en las vírgenes tinieblas de las aguas del mar. Situado por Dios en este último lugar, al que jamás hubiese podido acceder por sus propios medios, logró encontrar lo que buscaba y se sintió feliz. Quedó paralizado ante la esencia que no se vertía sino que se aislaba, se confinaba en el núcleo del agua marina, y disfrutó de la verdad. Pasaron diez minutos y el ave no se movía. Pasó media hora y el ave no se movía. Pasó una hora y cuarto y se cansó, comenzó a inquietarse. Cuando la verdad se le hizo insoportable retornó a su rama.
De esta mala lectura sacó el mirlo la siguiente enseñanza:El Todopoderoso puede ser nombrado de muchas maneras. Dios, Júpiter, Yahvé, Neptuno, Tláloc, Belenus, Sakpata, Horus. Si un ave cree en Yahvé y le reza a Neptuno comete herejía. Se le debe rezar a la imagen que cada ave guarda de su Dios. Si fue escuchada la plegaria es que el ave se lleva bien consigo misma, con la divinidad que hay en ella: he allí la razón de la vida. Pero si no cree en nada, entonces debe buscar la verdad en el paisaje.
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