Una rata convenció a un loro de abordar como polizones un barco pirata. Incluyó en su argumentación el baúl de galletas, el tonel de vino y los tres quintales de azúcar que con sus propios ojos había visto ingresar a la nave el día anterior. Agregó la posibilidad de aprender nuevos idiomas. El loro, que sólo dominaba el español, y a medias, no vio desventajas en la propuesta y escapó de su jaula, no sin ayuda del roedor.
Zarparon con rumbo desconocido junto a la siniestra tripulación. No tardó el loro en salir de su escondite y hacer buenas migas con el capitán del barco, un somalí de pata de palo. A los pocos días el loro ya hablaba somalí. El capitán lo nombró vigía y le encargó la estratégica misión de avistar a los buques petroleros que surcaran el océano. Cada mañana el loro se echaba a volar y volvía al atardecer con noticias y a pesar de que éstas eran siempre malas, el capitán lo recompensaba con tres galletas y un vasito de vino con azúcar.
La rata, a todo esto, enflaquecía.
Llevarían unos quince días navegando cuando el loro volvió con buenas noticias después de almuerzo. La batalla fue encarnizada, ya que la confederación de buques petroleros había adoptado medidas ante la proliferación de asaltantes en su zona de navegación. El barco pirata naufragó, todos sus hombres murieron, la rata pereció ahogada y el loro salió arrancando.
El plumífero le resultó simpático al capitán del petrolero, quien lo adoptó como mascota, y se cuenta que influyó bastante para que en menos de un año vistiera uniforme de cabo primero.
jueves, 12 de febrero de 2009
sábado, 7 de febrero de 2009
El elefante y el ratón sepulturero
Vivió muchos años el elefante. Y mientras tuvo salud, se mostró. Su vida pasó ante los demás como si fuese él mismo el protagonista de una gran obra de teatro. Por las mañanas, por ejemplo, bañábase en el río a vista y paciencia de la selva entera, salpicando con su trompa a más de un animal curioso que acudía a presenciar el espectáculo. Comía enormes porciones de hierba y dicen que su digestión incluía el lanzamiento de pedos monumentales, llamados con harta razón "pedos de elefante".
Reía y gozaba de su trabajo, que consistía ya en transportar troncos por la selva, destinados al progreso de la civilización humana; ya en hacer piruetas en el circo, destinadas al goce de los humanos, especie de enemigos de su raza y de todas las demás razas, pero que por una extraña razón no terminaban de caerle mal. Al contrario, los humanos le resultaban simpáticos. Después de todo, bien vivió gracias a ellos.
Pero le llegó el día de la enfermedad que vaticina la muerte. No estaba preparado y se derrumbó. ¿Y qué hizo? Pues, lo que hacen todos quienes se derrumban: se escondió.
En su lecho de enfermo filosofó por vez primera. Discurrió, para partir, que se filosofa en la derrota; el goce no da tiempo para cosas desagradables. Filosofar es ejercitar el ocio mirando, para luego pensar. ¿Y qué vio desde su escondite? Transitar a la incansable hormiga, volar a la mosca, cantar a la chicharra, perseguir a la hiena, pastar a las vacas, picar a la pulga, esperar a la araña, devorar a la langosta, sumergirse a la gaviota, cada cual sin otro plan que la eterna búsqueda de su alimento, excepto la chicharra, la más pobre, que con sus notas le proporcionaba el estilo que exigía a esa comedia animal. De él ya pocos se acordaban; la selva lo había olvidado. Llegó a la conclusión, muy ad-hoc, de que su vida había sido un teatro, un circo que como genuina representación apela a la fantasía y esconde el verdadero acontecer.
Su verdadero mundo no estaba dentro de la obra, sino fuera de ella. Es el mismo que los espectadores respiran a todo pulmón apenas abandonan la sala, descubrió, algo tarde.
Cuando inició el camino al cementerio nadie lo vio partir, pues lo hizo antes de que las estrellas dejaran de brillar. Llegó a su postrer destino al momento de aclarar y tocó a la puerta. De mala gana le abrió el ratón sepulturero. El elefante lo miró hacia abajo y cayó allí mismo, fulminado, a las puertas del camposanto.
El ratón fue por una carretilla. Al caer el sol, mientras seguía abriendo la fosa, se le oía decir:
-Por qué no habré muerto cuando guagua...
Reía y gozaba de su trabajo, que consistía ya en transportar troncos por la selva, destinados al progreso de la civilización humana; ya en hacer piruetas en el circo, destinadas al goce de los humanos, especie de enemigos de su raza y de todas las demás razas, pero que por una extraña razón no terminaban de caerle mal. Al contrario, los humanos le resultaban simpáticos. Después de todo, bien vivió gracias a ellos.
Pero le llegó el día de la enfermedad que vaticina la muerte. No estaba preparado y se derrumbó. ¿Y qué hizo? Pues, lo que hacen todos quienes se derrumban: se escondió.
En su lecho de enfermo filosofó por vez primera. Discurrió, para partir, que se filosofa en la derrota; el goce no da tiempo para cosas desagradables. Filosofar es ejercitar el ocio mirando, para luego pensar. ¿Y qué vio desde su escondite? Transitar a la incansable hormiga, volar a la mosca, cantar a la chicharra, perseguir a la hiena, pastar a las vacas, picar a la pulga, esperar a la araña, devorar a la langosta, sumergirse a la gaviota, cada cual sin otro plan que la eterna búsqueda de su alimento, excepto la chicharra, la más pobre, que con sus notas le proporcionaba el estilo que exigía a esa comedia animal. De él ya pocos se acordaban; la selva lo había olvidado. Llegó a la conclusión, muy ad-hoc, de que su vida había sido un teatro, un circo que como genuina representación apela a la fantasía y esconde el verdadero acontecer.
Su verdadero mundo no estaba dentro de la obra, sino fuera de ella. Es el mismo que los espectadores respiran a todo pulmón apenas abandonan la sala, descubrió, algo tarde.
Cuando inició el camino al cementerio nadie lo vio partir, pues lo hizo antes de que las estrellas dejaran de brillar. Llegó a su postrer destino al momento de aclarar y tocó a la puerta. De mala gana le abrió el ratón sepulturero. El elefante lo miró hacia abajo y cayó allí mismo, fulminado, a las puertas del camposanto.
El ratón fue por una carretilla. Al caer el sol, mientras seguía abriendo la fosa, se le oía decir:
-Por qué no habré muerto cuando guagua...
sábado, 17 de enero de 2009
El esqueleto, la Calavera y el gusano
Díjole un esqueleto a un gusano:
-Te compadezco por vivir como vives.
Reaccionó el gusano:
-¡Por qué! -y se hundió en la tierra.
Pronunció entonces el esqueleto un soliloquio, para lo cual puso en la mano derecha su propia calavera, hincando con vigor la rótula izquierda en la húmeda tierra. La voz le salió desde la primera cervical; de allí el tono A lo Don Miguel de su discurso.
Ay, la muerte
Que a todos espanta
Mas no a mí
Qué más digo
Ah, ya sé
Que a todos espanta
Mas no a mí
Pero eso ya lo dije
No importa
Wismolbordisney
Neverlestingou
Cuárez
Cossi Cossi
Estoy haciendo tiempo
Oh, el tiempo, de qué me vale
De qué me vale el pasado
De qué me vale el futuro
Si sólo tengo el hoy
Si sólo vivo el hoy
Así es la muerte
Eterno presente
Lo que no pasa
¿Dije algo acaso? ¿Hablé recién?
No recuerdo nada
¿Qué diré mañana?
Lo ignoro
Sólo sé que estoy preso para siempre
En el eterno presente
De este simbólico esqueleto
Oh Calavera
¿De qué color fue la carne que moderó tus rasgos?
(Voz de Calavera)
No tengo la menor idea
¿Moriste de muerte natural, te atravesó una espada?
(Voz de Calavera)
No estoy ni ahí
¿Te llamaron cómo?
(Voz de Calavera)
Moya
¿Eras bonita?
(Voz de Calavera)
Bonito, gil
¿Que tuviste diuca?
(Voz de Calavera)
Mira pabajo
No puedo, oh Calavera
Pues mis ojos perdí
En tus órbitas se alojan
(Voz de Calavera)
La diuca ya no importa en nuestro mundo
Pa que sepí
El pico no tiene hueso
Oh Calavera qué tormento
Preso para siempre
En el eterno presente
Sin temerle a nada
Sin jamás saber
Sin la esperanza de saber...
Si Pamela Díaz volverá con Manolito Neira
¡Si lo perdonará!
(Voz de Calavera)
Esas son las cosas del Hombre
Quédate con las cosas de Dios
Tranquiléin John Wayne
Oh Calavera
Me distraes
Deshonras mi soliloquio
En diálogo lo tuerces..."
En eso el gusano sacó la cabeza de la tierra y dijo:
-¡Levanta la rodilla, que me estái aplastando!
-Te compadezco por vivir como vives.
Reaccionó el gusano:
-¡Por qué! -y se hundió en la tierra.
Pronunció entonces el esqueleto un soliloquio, para lo cual puso en la mano derecha su propia calavera, hincando con vigor la rótula izquierda en la húmeda tierra. La voz le salió desde la primera cervical; de allí el tono A lo Don Miguel de su discurso.
Ay, la muerte
Que a todos espanta
Mas no a mí
Qué más digo
Ah, ya sé
Que a todos espanta
Mas no a mí
Pero eso ya lo dije
No importa
Wismolbordisney
Neverlestingou
Cuárez
Cossi Cossi
Estoy haciendo tiempo
Oh, el tiempo, de qué me vale
De qué me vale el pasado
De qué me vale el futuro
Si sólo tengo el hoy
Si sólo vivo el hoy
Así es la muerte
Eterno presente
Lo que no pasa
¿Dije algo acaso? ¿Hablé recién?
No recuerdo nada
¿Qué diré mañana?
Lo ignoro
Sólo sé que estoy preso para siempre
En el eterno presente
De este simbólico esqueleto
Oh Calavera
¿De qué color fue la carne que moderó tus rasgos?
(Voz de Calavera)
No tengo la menor idea
¿Moriste de muerte natural, te atravesó una espada?
(Voz de Calavera)
No estoy ni ahí
¿Te llamaron cómo?
(Voz de Calavera)
Moya
¿Eras bonita?
(Voz de Calavera)
Bonito, gil
¿Que tuviste diuca?
(Voz de Calavera)
Mira pabajo
No puedo, oh Calavera
Pues mis ojos perdí
En tus órbitas se alojan
(Voz de Calavera)
La diuca ya no importa en nuestro mundo
Pa que sepí
El pico no tiene hueso
Oh Calavera qué tormento
Preso para siempre
En el eterno presente
Sin temerle a nada
Sin jamás saber
Sin la esperanza de saber...
Si Pamela Díaz volverá con Manolito Neira
¡Si lo perdonará!
(Voz de Calavera)
Esas son las cosas del Hombre
Quédate con las cosas de Dios
Tranquiléin John Wayne
Oh Calavera
Me distraes
Deshonras mi soliloquio
En diálogo lo tuerces..."
En eso el gusano sacó la cabeza de la tierra y dijo:
-¡Levanta la rodilla, que me estái aplastando!
martes, 13 de enero de 2009
El perro, la jueza, San Pedro y Dios
Compareció el perro ante la jueza. Antes de hacer uso de la palabra pidió que le aflojaran los grilletes; la jueza dio su visto bueno y leyó la acusación, pero nunca lo miró a los ojos. El perro tomó aire y alegó como pudo, porque en esos tiempos los perros no tenían derecho a un abogado defensor. En su lenguaje trató de decir que las acusaciones eran falsas, ya que sus correrías por el mundo sólo habían obedecido a pie juntilla las normas que dictaba la vida natural. Pero lo dijo tan mal que a la jueza la sentencia se le hizo fácil. Fue condenado a salir en los diarios y a leer en voz alta el "Manual del buen vivir en sociedad" los primeros domingos de cada mes por el resto de su vida, por los siguientes cargos: homicidio con alevosía y por el solo gusto de matar de 14 (catorce) ejemplares de felis silvestris catus, mamífero también conocido como gato doméstico; violación de 7 (siete) especies cánidas menores de edad, violación de 14 (catorce) especies cánidas de razas notablemente menores en tamaño, abandono de 6 (seis) cachorros presumiblemente suyos a pocos días de nacer, exhibicionismo lascivo en la plaza pública, ofensa al pudor al mandarse al pecho en distintos momentos de su vida a 167 (ciento sesenta y siete) perras que vio en la calle, robo con violencia de 1 (un) hueso de pernil desde una casa del vecindario, hurto de 1,1 kg. (un kilo cien) de posta negra, ladrido en horas de la noche, depósito de mojones (número indeterminado) a diestra y siniestra en sectores no autorizados, participación en categoría de líder en desorden perruno con grave daño a la propiedad pública durante un desfile militar.
El perro aceptó todos los cargos menos el de los cachorros y exigió prueba de ADN, que le fue negada. No vivió mucho tiempo, pues falleció de una brusca hemorragia digestiva.
Quiso el destino que por esos mismos días la jueza también falleciera, víctima de un conductor que no respetó un disco Ceda el paso.
Cuando llegó a las puertas del Cielo miró por el ojo de la cerradura y vio al perro corriendo por los prados del paraíso, lo que le llamó mucho la atención. En ese momento el ojo se tapó porque justo San Pedro metió la llave y abrió las puertas de par en par. La jueza ingresó como Bette Davis, poco menos que pidiendo alfombra roja. San Pedro la hizo pasar a una sala de espera y luego de 3.455 (tres mil cuatrocientos cincuenta y cinco) años volvió para darle la mala noticia. Le explicó que Dios estaba "algo ocupado", pero que había dejado un papelito para ella. Sin mirarla a los ojos leyó lo que sigue:
"Señora jueza, pues la han llamado Señora, no voy a cambiar las cosas en este momento, aunque ¿qué me dice de la Sucursal? ¿O no estaba en sus tablas de la ley?
"Sus fallos fueron justos, está bien, lo concedo, pero yo, ¿dónde estaba mientras usted se andaba paseando por el mundo como Pedro por su casa? ¿Señora? ¡Ja, bájate Pacheco!
"Le voy a decir una sola cosa: usted se enamoró de Dios pero le tuvo miedo, ¿y sabe a qué le tuvo miedo? No fue a mí, como usted piensa: usted le tuvo miedo al amor. No se atrevió a acercarse al amor porque creyó que si se le acercaba demasiado el amor la rechazaría y usted se quedaría sola, sufriendo penas de amor. Entonces eligió ser buena juzgando a los demás".
La jueza terminó de escucharlo con las manos cruzadas sobre su falda gris. San Pedro abrió la puerta y la mandó al infierno de una chuleta en la raja.
El perro aceptó todos los cargos menos el de los cachorros y exigió prueba de ADN, que le fue negada. No vivió mucho tiempo, pues falleció de una brusca hemorragia digestiva.
Quiso el destino que por esos mismos días la jueza también falleciera, víctima de un conductor que no respetó un disco Ceda el paso.
Cuando llegó a las puertas del Cielo miró por el ojo de la cerradura y vio al perro corriendo por los prados del paraíso, lo que le llamó mucho la atención. En ese momento el ojo se tapó porque justo San Pedro metió la llave y abrió las puertas de par en par. La jueza ingresó como Bette Davis, poco menos que pidiendo alfombra roja. San Pedro la hizo pasar a una sala de espera y luego de 3.455 (tres mil cuatrocientos cincuenta y cinco) años volvió para darle la mala noticia. Le explicó que Dios estaba "algo ocupado", pero que había dejado un papelito para ella. Sin mirarla a los ojos leyó lo que sigue:
"Señora jueza, pues la han llamado Señora, no voy a cambiar las cosas en este momento, aunque ¿qué me dice de la Sucursal? ¿O no estaba en sus tablas de la ley?
"Sus fallos fueron justos, está bien, lo concedo, pero yo, ¿dónde estaba mientras usted se andaba paseando por el mundo como Pedro por su casa? ¿Señora? ¡Ja, bájate Pacheco!
"Le voy a decir una sola cosa: usted se enamoró de Dios pero le tuvo miedo, ¿y sabe a qué le tuvo miedo? No fue a mí, como usted piensa: usted le tuvo miedo al amor. No se atrevió a acercarse al amor porque creyó que si se le acercaba demasiado el amor la rechazaría y usted se quedaría sola, sufriendo penas de amor. Entonces eligió ser buena juzgando a los demás".
La jueza terminó de escucharlo con las manos cruzadas sobre su falda gris. San Pedro abrió la puerta y la mandó al infierno de una chuleta en la raja.
martes, 6 de enero de 2009
La vaca que ríe
La vaca que ríe es una especie inventada. Se trata de una figura alegre, pero en el fondo los hombres la usan como carnada en los supermercados. Compite con conejos, gatos, perros, lauchas, arañas, pulgas, moscas y cucarachas. Los supermercados están llenos de figuras de animales. La vaca que ríe es la más buena. En segundo lugar está el perro hambriento que sonríe. En tercer lugar está el gato minino. En cuarto lugar se halla el conejo. Las lauchas se encasillan solas en la categoría de pobres víctimas, a las cuales da no sé qué matar. Las moscas, pulgas, arañas y cucarachas son malas de frentón y hay que eliminarlas sin piedad.
La vaca que ríe rumiaba en el prado cuando llegaron los señores de la publicidad.
-¡Eh, ahí está!
Fueron por un camión y la subieron. La vaca que ríe dijo:
-¿Me permiten una palabrita?
Los señores de la publicidad le contestaron:
-Te quieres pasar de lista. Ríe tranquila no más. Te necesitamos para paliar la crisis.
-Una sola palabrita.
-Bueno, pero que sea una sola.
Entonces la vaca que ríe habló y esto fue lo que dijo:
-Yo hasta hace cinco minutos era una simple vaca que reía. Hay veces en que mi imaginación, que es poderosa, se agota y entonces no me queda más que reír y reír. Así se han hecho ricos conmigo. Pero ahora, en el prado, mientras comía y comía y comía pasto, se me ocurrió que los vacíos de la mente no existen, de lo cual desprendí que la imaginación no se agota y que la vida es como un solo de jazz que los músicos tocan cada cual a su modo. Los más aplaudidos son los que tienen la capacidad de ir sumando ideas, aunque también he notado que son bastante aplaudidos los que se dan vuelta toda la vida en dos o tres ideas. De este modo fue que concluí que si reía era por imitación o tal vez por remembranza. Por lo tanto... por lo tanto... quiero comer más pasto.
Los señores de la publicidad se abrazaron y se echaron a llorar a moco tendido.
La vaca que ríe rumiaba en el prado cuando llegaron los señores de la publicidad.
-¡Eh, ahí está!
Fueron por un camión y la subieron. La vaca que ríe dijo:
-¿Me permiten una palabrita?
Los señores de la publicidad le contestaron:
-Te quieres pasar de lista. Ríe tranquila no más. Te necesitamos para paliar la crisis.
-Una sola palabrita.
-Bueno, pero que sea una sola.
Entonces la vaca que ríe habló y esto fue lo que dijo:
-Yo hasta hace cinco minutos era una simple vaca que reía. Hay veces en que mi imaginación, que es poderosa, se agota y entonces no me queda más que reír y reír. Así se han hecho ricos conmigo. Pero ahora, en el prado, mientras comía y comía y comía pasto, se me ocurrió que los vacíos de la mente no existen, de lo cual desprendí que la imaginación no se agota y que la vida es como un solo de jazz que los músicos tocan cada cual a su modo. Los más aplaudidos son los que tienen la capacidad de ir sumando ideas, aunque también he notado que son bastante aplaudidos los que se dan vuelta toda la vida en dos o tres ideas. De este modo fue que concluí que si reía era por imitación o tal vez por remembranza. Por lo tanto... por lo tanto... quiero comer más pasto.
Los señores de la publicidad se abrazaron y se echaron a llorar a moco tendido.
jueves, 11 de diciembre de 2008
El gato y el pulpo
Jugaba el gato Augusto con el mísero ratón hasta que el ratón se le murió de un zarpazo en el hígado. El gato dejó a su presa en un charco de sangre y volvió a su casa con una sensación de vacío existencial. Viendo el canal de viajes en la televisión decidió darse un descanso. Al otro día estaba volando a un resort del Caribe, todo incluido. Allí lo llevaron a ver los peces multicolores. Le colocaron traje de buzo y lo arrojaron al mar. El gato se sintió relativamente feliz, pues por vez primera logró vencer su temor al agua; pero no se hallaba en su elemento vestido con máscara, aletas de hombre rana y tanque de oxígeno en el lomo. Sumergido en esa felicidad relativa, hete ahí que la casualidad lo enfrentó a la visión de un pulpo barbado que rondaba a los peces. El pulpo alargaba sus tentáculos y retenía a sus lindos pescaditos. Los aprisionaba y los dejaba ir, no muy lejos, y luego los atraía nuevamente a su cuerpo. Si bien unos cuantos se le escapaban, la inmensa mayoría permanecía dentro de su radio. Llamóle la atención el juego al gato y resolvió presentarse al animal submarino.
-Mil respetos al rey de Varadero. En mi tierra yo hago algo parecido, pero el juego se me acaba pronto. ¿Cómo lo hace usted, maestro?
-El secreto es no matar... pero hay que aguantarse -le respondió.
A su regreso a Chile el gato intentó hacer carne la lección de su gurú, pero no le resultó.
Tal como en otras anteriores, diversas moralejas pueden extraerse de esta fábula. En cuanto al gato y el mísero ratón, vano es el afán que reniega de su naturaleza; en cuanto al pulpo y los peces, hay que evitar a los seres que no saben vivir por sí mismos, porque dejan heridas. En cuanto al análisis político de fondo, Fidel Castro duró más que Pinochet porque mató menos.
-Mil respetos al rey de Varadero. En mi tierra yo hago algo parecido, pero el juego se me acaba pronto. ¿Cómo lo hace usted, maestro?
-El secreto es no matar... pero hay que aguantarse -le respondió.
A su regreso a Chile el gato intentó hacer carne la lección de su gurú, pero no le resultó.
Tal como en otras anteriores, diversas moralejas pueden extraerse de esta fábula. En cuanto al gato y el mísero ratón, vano es el afán que reniega de su naturaleza; en cuanto al pulpo y los peces, hay que evitar a los seres que no saben vivir por sí mismos, porque dejan heridas. En cuanto al análisis político de fondo, Fidel Castro duró más que Pinochet porque mató menos.
miércoles, 10 de diciembre de 2008
La ballena, el arponero y Alfred Hitchcock
Atraído por sus promesas voluptuosas, que se adivinaban desde lejos, el arponero llegó a las tierras del cetáceo y se puso a esperarlo arpón en mano. Se trataba de una hembra colosal que raras veces emergía desde el depósito de lava del volcán, su casa. Cuando lo hacía buscaba grietas, acomodaba su cuerpo resbaloso y salía a la superficie a tomar aire. Luego retornaba a las profundidades de la tierra. Era entonces, como se ha descrito, una ballena de tierra.
Al arponero se le habían dado las coordenadas perfectas para cazar al ansiado ejemplar; sólo era cosa de esperar en la baranda de un puente. Y así lo hizo: esperó y esperó y mientras lo hacía fue conociendo esa tierra, y se maravilló. Había iglesias por doquier, altares de oro, edificios de piedra canteada con arcos a la usanza española, palacios, mercados.
Pero seguía esperando pues, a pesar de tanta maravilla, su propósito original continuaba siendo otro, aunque se iba desvaneciendo con los días.
Una tarde miró en torno suyo y descubrió que estaba dentro de un set de filmación. "De modo que se trata de una película en la que actúo yo", reflexionó con una mezcla de ansiedad -por lo extraño del asunto- y rabia, por sentirse estafado. Su ánimo general podría traducirse como maravillado dentro de una tremenda frustración.
"¿Quién será el director de esta película?", pensó y en eso vio la clásica figura de Alfred Hitchcock, paseando con el único fin de ser captado por las cámaras.
-Maestro -dijo el arponero- dígame qué estoy haciendo aquí.
-Aprendiendo a través de una actuación -respondió el sabio director.
-¿Y la ballena?
-¿Aún no lo adivina? La ballena es el McGuffin.
Al arponero se le habían dado las coordenadas perfectas para cazar al ansiado ejemplar; sólo era cosa de esperar en la baranda de un puente. Y así lo hizo: esperó y esperó y mientras lo hacía fue conociendo esa tierra, y se maravilló. Había iglesias por doquier, altares de oro, edificios de piedra canteada con arcos a la usanza española, palacios, mercados.
Pero seguía esperando pues, a pesar de tanta maravilla, su propósito original continuaba siendo otro, aunque se iba desvaneciendo con los días.
Una tarde miró en torno suyo y descubrió que estaba dentro de un set de filmación. "De modo que se trata de una película en la que actúo yo", reflexionó con una mezcla de ansiedad -por lo extraño del asunto- y rabia, por sentirse estafado. Su ánimo general podría traducirse como maravillado dentro de una tremenda frustración.
"¿Quién será el director de esta película?", pensó y en eso vio la clásica figura de Alfred Hitchcock, paseando con el único fin de ser captado por las cámaras.
-Maestro -dijo el arponero- dígame qué estoy haciendo aquí.
-Aprendiendo a través de una actuación -respondió el sabio director.
-¿Y la ballena?
-¿Aún no lo adivina? La ballena es el McGuffin.
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